León Domingo, Ago 9 2009 

 ICHI: Aquí voy a aprovechar para dejarles la foto de “alguien”. No tengo idea de quién será. Si es un actor, no lo conozco, desgraciadamente no tengo la misma cultura cinematográfica que Martín. La foto me la pasó una amiga y me pareció que el sujeto en cuestión era perfecto para interpretar al personaje de León. Tiene un no sé qué en su rostro que me convenció de ello. Aunque su rostro como yo lo imagino no es tan sádico.

León Martínez

León Martínez

 NI: También voy a aprovechar para dejarles un par de datos sobre él. El apellido de León es Martínez. Lo heredó, para su desconsuelo, de Ambrosio Martínez, el encargado del orfanato en el que fue educado.

SAN: Desde muy pequeño aprendió a valerse por sí mismo. Debido a su carácter fuerte e insolente, las autoridades del orfanato comenzaron a azotarlo a muy temprana edad, por lo que el resentimiento anidó en su corazón desde que era sólo un niño. Por ello fue adquiriendo ciertas habilidades furtivas y de dudosa legalidad.

SHI: León siempre lleva una navaja a cualquier sitio al que vaya, sin excepción. Ha aprendido a defenderse bastante bien, aunque su estilo de pelea es más bien callejero y bastante traicionero.

GO: Ni León ni Alejandro se equivocaban en su presentimiento. Ambos volverán a encontrarse.

010 – El Instituto Arcángel – Una historia Viernes, Ago 7 2009 

 

Capítulo 010 – El Instituto Árcángel – Una historia

 

 

 

El Instituto Arcángel había sido construido hacía tan solo seis años, por orden del gobernador de Tucumán, quien había querido un centro educacional de la mejor calidad. Para ello habían remodelado el Parque Nueve de Julio, en una obra de una envergadura colosal, y el Instituto ocupaba ahora más de la mitad de su superficie. Debía su nombre al patrono de la ciudad capital de la provincia de Tucumán, San Miguel Arcángel. Si bien había sido construido no hace mucho tiempo, había ganado prestigio a una velocidad vertiginosa, debido la excelente formación tanto académica como humanística con la que egresaban sus alumnos. De todos modos, sólo se impartía la enseñanza secundaria, es decir que los alumnos cursaban sus últimos cinco años de estudios en la institución.

El año pasado había egresado la primera promoción de alumnos del Instituto y todos ellos habían conseguido rápidamente importantes puestos en el mercado laboral. Cada una de las empresas en las que ahora trabajaban se enorgullecía de tenerlos dentro de su plantel de personal. Si bien algunos de ellos habían seguido carreras universitarias para convertirse en verdaderos profesionales, la preparación que les daba el Instituto hacía que muchos de ellos no necesitaran más que su diploma de egresado de la institución para conseguir un buen puesto de trabajo. Ahora se esperaba con ansias la salida de la segunda promoción de alumnos egresados, y había grandes expectativas tanto de parte de empresas como de las diferentes universidades.

El Instituto Arcángel era un internado, en el que los estudiantes pasaban todo el año escolar dentro de sus muros. No se trataba de un solo edificio, sino de un campus enorme con varias construcciones. Además del edificio principal, había cinco residencias estudiantiles, cada una para los estudiantes de cada curso. Poseía también seis canchas para los diferentes deportes que sus alumnos podían optar por practicar, además de un gimnasio con techo y una piscina olímpica también al cubierto. Otras edificaciones dentro de sus muros eran la residencia del profesorado y el resto del personal, el comedor, y – porque se entendía que sus alumnos eran adolescentes – el boliche, aunque éste último sólo se habilitaba los días sábado. Contaba también con una enfermería, un auditorio y un pequeño muelle, porque al momento de su construcción, el lago San Miguel había quedado dentro de sus muros. En resumen, estaba preparado para atender las necesidades de los estudiantes que pasarían allí nueve meses cada año.

Cada uno de los profesores del Instituto Arcángel había sido cuidadosamente seleccionado para su puesto de entre los profesores de toda la República Argentina. Todos ellos se sentían orgullosos de enseñar allí, no sólo por el hecho de trabajar en tan prestigiosa institución, sino también por los sustanciosos honorarios que recibían en compensación. Los profesores también podían vivir durante todo el año escolar en el Instituto, aunque los que poseían sus hogares en la ciudad de San Miguel tenían la posibilidad de entrar y salir del campus cuando quisieran, siempre que ello no representara faltar a las horas de enseñanza que les correspondían.

Las familias más importantes de la provincia de Tucumán enviaban allí a estudiar a sus hijos. Era común encontrarse con un estudiante de buen pasar económico en cualquier aula, y apellidos dobles como Paz Posse, Páez de la Torre, Nougués y González Asís podían encontrarse en la lista de alumnos de todos los cursos. Incluso varias familias de otras provincias optaban por enviar allí a sus hijos.

Tal era el éxito del Instituto Arcángel en la provincia de Tucumán, que los gobernantes de las provincias de Córdoba, Mendoza, Buenos Aires y Santiago del Estero habían firmado convenios con la Institución para abrir sucursales en sus provincias. Así habían empezado a construirse otros Institutos en diferentes puntos del país, aunque ninguno de ellos estaba terminado aún, se esperaba que dentro de los próximos dos años, el Instituto Arcángel de Córdoba y el Instituto Arcángel de Buenos Aires abriesen sus puertas. “Podrían ponerle a cada uno el nombre de un arcángel diferente, así cuando abran sus puertas otros seis Institutos más, tendremos a los siete arcángeles custodiando a los futuros ciudadanos de la República”, había bromeado el director del Instituto Arcángel de Tucumán, mientras era entrevistado por corresponsales de los diarios más influyentes del país. Y no se equivocaba. En efecto, recientemente se habían firmado otros dos convenios, esta vez con las provincias de Santa Fe y Corrientes, para la construcción de nuevos Institutos.

 

Aura Woodrick contempló su obra con expresión complacida. Le gustaba como había quedado, aunque considerando el hecho de que ella era profesora del Instituto quizás su artículo resultara un poco subjetivo. De todos modos, le gustaba el resultado; de seguro le serviría de algo luego. Presionó la opción de guardar en su notebook, y una vez lo hubo hecho satisfactoriamente, la apagó.

Aura Wodrick era una mujer de poco más de cuarenta años, de ascendencia británica, de ahí el origen de su apellido. Su padre había llegado a la República Argentina cuando apenas tenía tres años de edad, huyendo con sus padres de la Segunda Guerra Mundial. Aura se sentía especialmente orgullosa de su nombre. Había sido idea de su madre cuando Aura había nacido. Cuando su madre la tuvo por primera vez en brazos dijo que su hija debía llamarse Aura porque estaba destinada a ello. Minutos después, agotada por el gran esfuerzo que había hecho durante el parto, murió. Quizás había sido un momento de especial clarividencia de parte de su madre, quizás no. Dicen que antes de morir ciertas cosas nos son reveladas. Aura no lo sabía a ciencia cierta. Pero de todos modos le encantaba su nombre. No conocía a ninguna otra persona llamada así. Eso la hacía sentir especial, única en el mundo. Si bien sabía que el escritor mexicano Carlos Fuentes había escrito su novela Aura, cuya protagonista se llamaba así, también sabía que la Aura de Carlos Fuentes era tan solo un personaje ficticio. Y a diferencia del personaje, ella era real. De todos modos, no dejaba de sorprenderse del hecho de que ambas Auras, tanto la real como la ficticia, compartieran el mismo color verde esmeralda en sus ojos.

Bebió otro sorbo de su taza de café. El bullicio matutino del café en el que se había sentado a desayunar. Todas las mañanas Aura salía de su casa con su mochila (en la cual llevaba indefectiblemente su notebook y uno o dos libros) rumbo a algún café en el que sentarse a desayunar y escribir algo. Había días en los que llegaba a tomarse tres o cuatro tazas del mejor café colombiano que el local tuviera. La cafeína no le afectaba como al resto de las personas, de hecho el dulce sabor de aquella bebida solía relajarla más que estimularla.

El motivo por el que le gustaba pasarse mañanas enteras en un bar era porque en ese tipo de lugares conseguía la inspiración que le permitía escribir. Las palabras, los gestos, la vestimenta, todas las características de la gente que acudía al bar en el que ella se encontrara mostraban algo que ella podía interpretar y sobre lo que podía escribir. Todo aquello que sucedía a su alrededor era una historia que Aura podía contar. No por nada ostentaba el cargo de profesora de lengua y literatura del tan afamado Instituto Arcángel.

Apuró el último trago de su taza de café y llamó a un mozo para pedirle la cuenta. Luego de pagar la cuenta, salió del bar y emprendió la marcha hasta la playa de estacionanmiento más cercana, en la que había dejado su coche. Unos minutos más tarde se encontraba conduciendo por las calles de la ciudad. El perfume a lavanda que inundaba su coche la embriagaba, aumentó el volúmen de la radio y siguió conduciendo. Sus pertenencias más importantes estaban en las dos maletas y el bolso que se hallaban en el baúl del auto, y dos cajas repletas de libros ocupaban el asiento trasero. Pensó que con un poco de suerte podría terminar de acomodar sus cosas en su habitación del Instituto a tiempo para almorzar con los otros profesores que ya hubiesen llegado.

 

Eran las cinco de la tarde de aquel domingo. La habitación de Aura en la residencia del Instituto estaba bien iluminada. No era demasiado grande, pero la profesora se sentía a gusto en ella. Aura se encontraba sentada sobre la cama, repasando las listas de los alumnos con los que tendría clases ese año. Al día siguiente daría comienzo el nuevo año escolar, por lo que había estado preparando sus clases y revisando los últimos detalles con extrema minuciosidad. Examinó la última lista de alumnos que le quedaba, la del cuarto año de secundaria. Sonrió divertida.

— Lucas Mendoza.— dijo para sí misma, al reparar en el nombre de un alumno.— El hermano pequeño de Luis. Me pregunto si será parecido a su hermano.— añadió, recordando viejos tiempos.

Estos eran alumnos nuevos para ella. La cátedra de lengua y literatura estaba compartica entre ella y el profesor Fernando Álvarez Fañez. Fernando era quien dictaba clases a los alumnos durante sus primeros tres años en el Instituto, mientras que Aura se encargaba de los alumnos de cuarto y quinto. Algunos nombres le eran vagamente familiares, como Sofía Paz Posse y Franciso Ruíz Rodriguez, éste último por ser hijo de otra profesora del Instiituto, pero no conocía al resto. Interrumpió su trabajo cuando llamaron a la puerta.

— Adelante.— dijo ella.

— Buenos días.— la saludó un joven hombre desde la puerta.

— Hola, Andrew.— saludó ella con una sonrisa al joven de ojos café.— No sabía que estabas aquí ya.

— Acabo de llegar.— respondió él.— ¿Has tenido unas buenas vacaciones?

— Sí, han sido bastante tranquilas. Demasiado, quizás. Ya extrañaba esta vida.

— Típico de ti.— se burló el joven. Debía de tener unos veintiséis años aproximadamente.— Se diría que si por ti fuese, no tendríamos vacaciones.

— Quizás tengas razón.— concedió ella.— Mi lugar está aquí, de eso no me caben dudas. Por cierto, ¿ya has revisado los alumnos que te tocarán este año?

— Sí, ya lo hice. Parece que hay bastantes alumnos nuevos. Algunos no son de Tucumán. Esos chicos, Robles y Di Mónaco, por ejemplo

— ¿Vienen de otras provincias?

— De Buenos Aires. Pero no es sólo eso. Hay otro alumno nuevo, un italiano de apellido Di Riglianni.

— Marco Di Riglianni.— precisó Aura consultando su lista.— Me pregunto que hace un italiano en Argentina.

— No lo sé, pero apuesto a que será bueno en idiomas. Al parecer habla francés, alemán, inglés y español fluídamente, además del italiano, claro está. Pero eso es lo de menos. Ese chico nuevo, Alejandro…

— ¿Qué hay con él? Noté que además de él, hay una chica con su mismo apellido, Luciana. ¿Son gemelos?

— No, claro que no. Por lo que pude enterarme, el padre de ella lo adoptó hace un par de semanas. Aún no me explico como es que van a dejarlo estrudiar aquí.

— ¿Te molesta que sea adoptado?— preguntó ella levantando una ceja. Andrew no solía comportarse así.

— No es eso, es que está matriculado en cuarto año y no ha cursado primer, segundo o tercer curso antes. Sólo tiene estudios primarios.

— ¿Y cómo es que te has enterado de eso? Pareces muy informado al respecto.

— Miguel me lo dijo. Pero fue todo lo que logré sacarle. No quería hablar del tema y se negó a explicarme por qué inscribió a ese chico.

— Miguel nunca hace nada sin una razón. Supongo que tendrás que acostumbrarte a que ese Alejandro esté en tu clase. No puedes desobedecer las órdenes del director.

— Supongo que no.— se acercó a la ventana, desde la cual se podía ver el lago. Luego se volvió a Aura con una extraña sonrisa en su rostro.— De todos modos, éste año promete ser interesante, ¿no lo crees?

— Sí, va a ser muy interesante.— asintió ella con una sonrisa cómplice.

POST-SCRIPTUM I: Capítulo dedicado a Belu, que cumplió diecisiete años el día miércoles 05 de agosto. Felíz cumpleaños atrasado.

POST-SCRIPTUM II: La canción es “El Mareo“, de Gustavo Cerati. No tiene relación alguna con el capítulo. Simplemente me gusta y ya. Era la que iba escuchando Aura en su auto mientras conducía. Al menos en mi historia, es una increíble fan de Cerati, jeje.

POST-SCRIPTUM III: Siento estar atrasado, en estos momentos estoy lleno de tarea. Estoy publicando desde una PC del Instituto, gracias a la complicidad de una profesora, por lo que no puedo demorarme mucho. Luego les explico bien.

009 – Una conversación de medianoche Miércoles, Jul 29 2009 

 

Capítulo 009 – Una conversación de medianoche

 

 

La noche de aquel sábado comenzaron a prepararse para partir al tan famoso Instituto Arcángel. Sólo entonces Alejandro se enteró de que el Instituto era un internado. Marco había entrado en su cuarto a preguntarle si necesitaba ayuda para empacar sus cosas, y sólo ante la intrigada mirada que Alejandro le dirigió, le dijo:

—    El Instituto Arcángel es un internado.

—    ¿Por qué no me lo dijiste antes si ya lo sabías?— preguntó con sorpresa.

Marco se encogió de hombros y dijo:

—    Creí que ya deberías saberlo. Tú eres el que vive aquí en Tucumán.

—    Pues la verdad no lo sabía.

Claro que no lo sabía. Durante toda su vida había vivido en el otro extremo de la ciudad. Incluso ahora no podía recordar qué era lo que hacía o por qué había estado allí el día en el que habían asaltado a Luciana y en el que su vida había cambiado tan drásticamente. Cuando había nacido, lo habían dejado abandonado en las puertas de un orfanato, en el cual había vivido hasta que tuvo once años. El día que se escapó de aquel sitio, se había contentado con vagar por aquella zona de la ciudad, de la que había hecho su territorio. No se había preocupado mucho por conocer otras zonas de la ciudad, a excepción claro del centro. Pero más allá no había llegado nunca porque en realidad no tenía motivos para hacerlo. De día vagaba sin rumbo por las calles, en busca de alguna forma de conseguir algo de comida para sobrevivir, y de noche se contentaba con dormir en alguna banca del Parque Avellaneda. No tenía necesidad alguna de explorar el resto de la ciudad.

—    ¿Quieres que te ayude a empacar entonces?

—    No, puedo hacerlo yo.

—    Esta bien.— dijo Marco y salió de la habitación.

Alejandro no necesitó demasiado tiempo para empacar sus cosas – al fin y al cabo no tenía tantas – y dejar la ropa y sus demás cosas en su mochila y en un par de bolsos. Una vez que terminó, se recostó en su cama y miró fijamente al techo. Se preguntó entonces si esa era la gran sorpresa que tenía el Instituto. Luciana no había querido decirle nada sobre el mismo. “Debes verlo por ti mismo”, le había dicho.

Aquella noche no pudo conciliar el sueño. Nunca había estado en una situación parecida. Nunca había ido a un instituto privado, mucho menos a uno de la alta sociedad. Se revolvió intranquilo en la cama mientras imaginaba cómo sería el Instituto Arcángel. Se preguntaba que tipo de compañeros de clases tendría, que clase de profesores. No le preocupaban en lo más mínimo las notas que pudiera obtener, en realidad le daba igual. Pero lo que sí le preocupaba era cómo reaccionarían todos al enterarse de que él provenía de la calle. No quería volver a pasar por la experiencia de que todos volviesen a discriminarlo, a que volvieran a mirarlo con desconfianza y declarado desprecio. No quería pasar por ello otra vez, no ahora que tenía amigos que por primera vez en su vida lo trataban bien, como a un igual y no como a alguien inferior. Sabía que estaría en el mismo curso que Luciana y Marco, eso lo reconfortaba, pero aún así…

Miró el reloj que descansaba aún sobre el escritorio. Eran las 2:45 AM. No podría conciliar el sueño, eso era algo obvio, así que decidió bajar a la cocina a tomar algo. Si no iba a poder dormir, no le valía de nada quedarse despierto mirando fijo al techo, envuelto en las tinieblas de la habitación, durante las próximas cinco o seis horas. Se levantó  y salió de la habitación.

Cuando casi había llegado al pie de la escalera se sorprendió al encontrarse con León sentado en uno de los divanes y con la mirada perdida en el agua de la fuente. Alejandro dudó en si debía acercársele o no. Sabía que León estaba celoso de él, y en realidad no quería tener problemas. Pero León ya lo había visto, y Alejandro no iba a darle con el gusto de que lo viera darse la vuelta y marcharse. Él no era de esa clase de personas.

—    Creí que ya te habrían echado a la calle.— le dijo nada más Alejandro se le acercó.

Pero ya no era el mismo León que una semana atrás había intentado correrlo de la mansión. No. El hombre que Alejandro tenía en frente era otro totalmente distinto.

—    No, parece que todavía no te dieron con el gusto.

—    Que suerte, pendejo. Me alegro de que ahora tengas una casa en la que vivir.

No había alzado la vista para mirarlo ni una sola vez. No, definitivamente ya no era el mismo. Aquel parecía un hombre mucho mas arruinado. Se le notaba por todas partes, tenía la mirada perdida, notables ojeras, el traje arrugado y no se había afeitado bien.

—    Creía que no me querías aquí.

—    Mejor aquí que en la calle, pendejo, ¿no te parece?

—    Supongo que sí.

León calló un buen rato. Alejandro no supo si debía contestarle o no. Así que también calló. Quizás de no haberlo hecho, León no hubiese vuelto a hablar.

—    Acabo de dejar una carta para el señor Alderete en su oficina. Supongo que ya no me vas a volver a ver por aquí, pendejo.

—    ¿Una renuncia?

León asintió. Alejandro ni se molestó en preguntarle el motivo. Después de todo, no era de su incumbencia.

—    Cuando yo tenía quince años era muy parecido a vos.

Suspiró. Los recuerdos parecieron pasar por sus ojos, oscureciendo su mirada.

—    Yo escuché todo lo que hablaste con Luciana, pendejo.

Alejandro sabía por experiencia que León no estaba pasando un buen momento. Otra vez decidió callar.

—    Yo crecí en un orfanato. Quedaba cerca del Parque Avellaneda. ¿Te suena la historia?

—    Creo que sí.—dijo Alejandro, aunque en verdad no sabía muy bien a dónde quería llegar León.

—    Bueno. El encargado de ese orfanato, un tal Ambrosio Martínez, era un reverendo hijo de puta. Le gustaba divertirse. Su juego favorito era torturar a los chicos.

Alejandro dio un respingo al oír aquel nombre tan familiar, pero intentó que León no se diese cuenta de ello. León seguía con la vista clavada en el suelo, así que supuso que no se habría dado cuenta.

—    Hasta que un día me expulsaron del orfanato.

Todos los recuerdos de aquellos años parecieron pasar ante sus ojos. Recuerdos que Alejandro había intentado tantas veces borrar de su memoria. Nunca le había interesado recordarlo, pero ahora las coincidencias eran demasiadas. Podía recordarlo todo claramente ahora. ¿Podía ser posible que…?

Durante los años que Alejandro había pasado en el orfanato, había compartido su vida con otros veintidós chicos, todos de entre cuatro y catorce años. Pero un día, los otros veintidós chicos con los que Alejandro vivía, y a los que estaba acostumbrado a ver en el desayuno, se convirtieron en veintiuno. Faltaba el mayor de todos ellos, un joven de catorce años del que nadie sabía su verdadero nombre pero al que todos conocían como “Jack”, como él se hacía llamar. El director del lugar les había dicho que lo habían adoptado a altas horas de la noche anterior. Pero pronto comenzaron a correr entre los niños algunos rumores que decían que Jack no había sido adoptado, sino expulsado. Que había sido expulsado porque…

—    Le robé setecientos dólares al director.— confesó León con sorna.— Por eso me expulsaron.

León lo miró fijamente, y Alejandro se volteó a verlo, la incredulidad reflejada en sus ojos. Él había tenido tan solo nueve años para ese entonces. Era lógico que no lo recordara bien. Hacía una semana, cuando lo había conocido en la Mansión, le había resultado familiar, como si lo conociera de algún sitio, pero le había restado importancia, creyendo que quizás se lo habría cruzado en la calle por casualidad. Pero no, ahora estaba seguro. Habían pasado poco más de siete años ya, quizás por eso no lo había reconocido.

—    Jack.— murmuró.

—    Hace mucho tiempo que no escuchaba ese nombre.— dijo León haciendo una mueca. Un intento de sonrisa, quizás.

—    ¿Sabías que me conocías desde antes? Cuando me viste aquí, quiero decir.

—    Sí.

—    Por eso querías que me fuera de aquí.

—    No por vos, pendejo. No es nada personal. Supongo que me recordaste a mi mismo de cuando yo tenía tu edad. Yo creía que esa etapa de mi vida ya había terminado. Pero cuando te vi ahí fue como si el mismo pasado viniera a buscarme.— cayó un momento para luego añadir— Supongo que te debo una disculpa.

—    No, no hace falta. Todo bien. Pero no entiendo por qué te vas de la Mansión.

—    Algún día lo vas a entender, pendejo.

Se puso de pie y agarró un bolso que Alejandro no había visto al lado del diván cuando había bajado por las escaleras.

—    Bueno, pendejo. Mejor que te vuelvas a dormir. Me parece que mañana vas a tener que madrugar.

Alejandro asintió. Se dio cuenta de que no lo vería ya cuando se despertase. Luego pensó en lo mal que debía sentirse dejar definitivamente un lugar al que se considera un hogar sin que nadie esté allí para despedirte. Y, en un extraño impulso, le tendió la mano.

—    Cuídate.

—    Vos también, pendejo.— Pareció dudar, pero cuando le estrecho la mano, Alejandro noto que la mano de León agarraba firmemente la suya.— No sé bien por qué, pero me parece que no es la última vez que nos vemos.

—    Supongo que no. Suerte.— le contestó.

Alejandro se encaminó de vuelta a su habitación sin detenerse a mirar atrás ni una vez. Por más extraño que sonara, él también había sentido que no era la última vez que tendría noticias de León.

POST-SCRIPTUM I: Lamento no haber publicado nada antes, pero mañana tengo que entrar a clases y tengo dos parciales, así que estoy estudiando a más no poder. Lamentablemente, no creo poder publicar el viernes tampoco.

POST-SCRIPTUM II: Quiero desearle un felíz cumpleaños a mi “tía” Sofía González Asís. Espero que pases un día genial. Saludos desde Tucumán a Córdoba.

POST-SCRIPTUM III: Sinceramente, no se me ocurría otra canción para hoy. El tema en sí no tiene nada que ver con el capítulo en sí, pero quería ponerlo. Es “Carismático“, de Babasónicos . Yo necesito estudiar mientras escucho música, y este tema lleva sonando casi tres días sin parar en mi celular.

008 – Nuevos amigos Lunes, Jul 20 2009 

 

Capítulo 008 - Nuevos amigos

 

 

Marco se recostó en su asiento del avión y cerró los ojos. Ya estaba cerca. Quizás en quince o veinte minutos estaría en el aeropuerto argentino internacional de Ezeiza. El vuelo estaba casi vacío. Menos de treinta personas y ninguna de ellas viajaba sentada al lado de Marco.

Afuera del avión, la noche tenía su reinado en el firmamento. Era una noche perfecta. Ninguna nube en el cielo que tapara la visión de las estrellas. Aún volaban sobre el Océano Atlántico. El exterior del avión parecía una extensión azul oscuro infinita, que se llegaba hasta donde la vista alcanzara, sólo interrumpida por el brillo de la luna y las estrellas.

Marco esbozó una sonrisa mientras su canción favorita sonaba en su reproductor de Mp3. Pronto estaría en casa de su prima Luciana. La última vez que la había visitado había sido poco más de un año atrás, para su cumpleaños de quince. Se preguntó si seguiría igual de hermosa como siempre. La quería mucho. Era como una hermana pequeña para él. Comenzó a recordar sus juegos de pequeños y una expresión que desbordaba felicidad se dibujó en su rostro.

Quince minutos después, el avión había entrado en el aeropuerto. Un mensaje de texto hizo sonar el celular de Marco. Era su prima. “¿Cómo estás? ¿Todo va bien?”. Sonrió.

 

Cuando al día siguiente Michel Ángelo salió a recibir a Marco, recién llegado a la Mansión, Marco pensó que había personas que parecían no ser afectadas por el paso del tiempo, y que Michel Ángelo de seguro era una de ellas. Michel Ángelo le dio uno de sus terribles abrazos de oso, de esos que Marco recordaba de pequeño.

—    ¿Cómo estás, Marco? ¡Hace más de un año que no veía tu rostro!

—    Estoy bien. La verdad es que sí hace tiempo que no nos veíamos.

—    Pasa de una vez, jovencito. Vas a coger un resfriado.— pasaron al vestíbulo de la Mansión. Seguía tal cual Marco lo recordaba, con los divanes y la fuente en el centro. Michel Ángelo lo miró con ojo crítico.— Has crecido bastante.

—    ¿Eso crees?

—    Sí, estás mucho más alto que la última vez que te vi. Bueno, debo irme.— dejó el bolso de Marco en el suelo.— Voy a preparar el almuerzo, ya nos veremos luego.

—    Está bien.— le sonrió.

—    ¡Marco!— exclamó Luciana bajando por las escaleras.

—    Hola, primita.— la saludó él cuando ella lo abrazó.— Te he extrañado.

—    También yo. Eres malo, nunca vienes a visitarme.— lo acusó.

—    Eso no es mi culpa. Además tú tampoco me visitas.

—    Tienes razón.— se separó de él y añadió— Has crecido.

—    ¡Vaya! ¡Dos veces en el mismo día! Michel Ángelo me dijo lo mismo hace un rato.

—    Es verdad. Estás diferente.— se rió.— Estás más lindo. ¿Ya has conseguido novia?

—    Ehh, no, aún no.

—    Me decepcionas. Al menos dime cuántas te lo han pedido. De seguro han sido muchas, ya sabes. Eres bueno, inteligente, rico y muy lindo. ¿Ahora levantas pesas?— cuando lo había abrazado, se había dado cuenta de que Marco estaba ejercitándose.

—    Sí. Pero me parece que exageras.

—    Bien. ¿Cuántas dijiste que se te habían declarado?

—    Ehh… Bueno, la verdad fueron diecinueve.— dijo poniéndose un poco colorado.

—    ¿Y no aceptaste a ninguna?

—    No eran de mi tipo.

—    Siempre dices lo mismo, me pregunto si de verdad existirá alguna chica que sea de tu tipo. Ven, llevemos tus cosas a la habitación.

—    Claro.

Una vez subieron las cosas de Marco a la habitación que quedaba libre en la Mansión, Marco preguntó por Alejandro. Luciana le había contado sobre Alejandro, como lo había conocido y que ahora se encontraba viviendo en la mansión. Marco incluso había hablado con Alejandro por teléfono un par de veces. Marco se preguntó si su prima sentiría algo por ese chico.

—    Está afuera, ¿quieres que lo llame?

—    No, no hace falta. Yo iré a verlo luego.

—    De acuerdo. Bueno, si necesitas algo pídeselo a Eliza. Yo tengo que irme ahora, mañana es sábado y tenemos partido, así que tengo entrenamiento hasta tarde. Nos vemos.— dijo dándole un beso en la mejilla.

—    Ciao.— dijo él, devolviéndole el beso.

Luciana salió de la habitación. Marco se quedó un rato desempacando sus cosas. Decidió que se daría un baño y luego quizás podría dormir un poco. Los vuelos habían sido tranquilos – había tomado dos, el primero desde Italia a Buenos Aires y el segundo desde Buenos Aires a Tucumán –, pero lo habían dejado algo agotado. Además aún no se acostumbraba al cambio horario. Tomó su toalla y se dirigió al baño.

 

Alejandro volvió a su habitación. Había estado en  afuera, leyendo un poco y disfrutando del día soleado que hacía afuera. Mientras subía las escaleras reflexionó acerca de cómo había cambiado su vida en tan sólo una semana. Ya no vivía en la calle. Ahora tenía un hogar y lo más parecido a una familia que había tenido nunca.

El día anterior había conocido al padre de Luciana. El doctor Luis Alderete le había caído bien, era un hombre bastante agradable. Se habían limitado a conversar un poco, sin tocar ningún tema importante. Alejandro se imaginaba que de seguro Luciana le habría contado ya todo lo que ella sabía sobre él.

El padre de Luciana se las había ingeniado de alguna forma para conseguir que el Estado le diera la tutoría de Alejandro, y Luciana lo había convencido de que inscribiera a su amigo en el Instituto al que ella concurría. Luciana no había querido darle detalles sobre el Instituto, argumentando que no podía describirlo, sino que él tendría que verlo por si mismo. Luciana le había dicho, sin embargo, que estarían en el mismo curso.

Alejandro se había sorprendido. No se le ocurría de que forma el padre de Luciana lo había inscripto en el mismo curso que ella. Tenía entendido que ella estaba por ingresar en cuarto año de secundaria, y él sólo había hecho estudios primarios, ya que en el orfanato en el que había vivido la mayor parte de su vida les impartían clases. Ni siquiera se imaginaba cómo habría hecho el señor Alderete para demostrar que tenía estudios primarios. Cuando se lo preguntó a Luciana, ella le dijo que tampoco tenía idea, pero que de todos modos ya no se preocupara por eso. No importaba que medios había utilizado su padre. Lo importante para ella era que había podido matricularlo.

Realmente su vida había cambiado mucho. Se sorprendió pensando que él mismo había cambiado también. No mucho, claro. Pero sí un poco. Su mirada se había vuelto menos desconfiada, menos seria. El cambio de aire le había sentado bien al parecer. Ya no sentía tanto recelo del resto de la gente como antes. Nunca lo había sentido demasiado, en realidad, pero ahora lo sentía menos. Sonrió pensando en que si estaba cambiando, lo hacía para bien.

Puso la mano en el picaporte de la puerta de su habitación en la Mansión Alderete-Hassan, pero justo cuando iba a abrir la puerta, se percató de que alguien lo miraba, parado a un par de metros de él.

—    Hola. Tú debes ser Alejandro, ¿no?

—    Sí. Si no me equivoco tú eres Marco.

—    Sí.— dijo con una gran sonrisa y se acercó a él, tendiéndole la mano. Alejandro se la estrechó.

—    ¿Hace mucho que llegaste?

—    No, hace un par de horas. Es un placer poder conocerte en persona.

—    Lo mismo digo. ¿Almorzaste? Ya casi es hora.

—    No, pero podemos ir ahora.

—    De acuerdo.

 

Eran pasadas las ocho de la noche. Luciana aún no había regresado, pero había llamado por teléfono a la Mansión para que León fuera a recogerla del Lawn Tennis. Marco y Alejandro estaban conversando, ambos recostados en el verde césped. La noche era increíble. El clima había mejorado bastante en los dos días anteriores, y ahora no había ninguna nube. Las estrellas se podían ver tan claramente que parecían poder tocarse con solo estirar un brazo.

—    Así que también empezarás el curso con nosotros.

—    Creo que sí. ¿Alguna vez entraste a ese Instituto tan famoso? Tu prima no quiere decirme nada sobre él.

—    No, nunca he entrado, pero sé que es impresionante.

—    ¿En qué sentido?

—    En todos. El campus es inmenso. Sabes que es un internado, ¿verdad?

—    No, no tenía idea. Pero ya deja el tema. Cuéntame sobre tu vida en Italia. ¿También vives rodeado de lujos como tu prima?

—    Sí. Aunque no es algo que me guste. La verdad, lo detesto.

—    ¿Vivir  con lujos?

—    Sí. Odio vivir de las apariencias. Nunca me gustó ese tipo de vida. Incluso llegué a escaparme de mi casa. Por eso mi padre me envió aquí. Mi padrino se lo sugirió.

—    ¿A qué te refieres?

—    Es horrible vivir de las apariencias. Sí, tenía todo lo que quería, ropa de marca, un celular costoso. Podía conseguir lo que fuese. Pero no tenía amigos. Entre los italianos de plata, lo que cuenta es lo que se tiene, no lo que se es. Lo más cercano a un amigo que puedes tener es alguien que te esté adulando todo el día. No hay límites para la falsedad.

—    Ya veo. Yo tampoco he tenido muchos amigos.

—    Lo sé. ¿Sabes?, me alegro de haberte conocido. Al menos ya hice un amigo en mi vida.— sonrió.

—    Claro, pero me debes un viaje a Italia con todos los gastos pagados. Es tu deber como amigo.

Alejandro rió, y Marco también soltó una carcajada por la broma de Alejandro. Se sentía bien tener un amigo como él. Miró al cielo nuevamente y se alegró de que le quedara un año entero aún para compartir con él.

POST-SCRIPTUM I: La canción es “Contigo amigo” de Benjamín Rojas. Me gusta sobre todo la letra, y además el video que encontré tiene imágenes de Tennisu no Oji-sama, mi animé favorito. =)

POST-SCRIPTUM II: Este es, básicamente, un capítulo que escribí inspirado por el espíritu del Día del Amigo, aunque igualmente no acaba de convencerme como quedó.

POST-SCRIPTUM III: Feliz Día del Amigo para todos.

007 – El heredero Viernes, Jul 17 2009 

 

Capítulo 007 – El heredero

 

 

— ¿Acaso estás loco?— aulló, por enésima vez, Pietro Di Riglianni.

El estudio de Don Pietro era una habitación espaciosa, bien amoblada, con un antiguo y pesado escritorio, tres sillas de madera y una alta biblioteca con pesados volúmenes. El piso estaba alfombrado y en las paredes había varios diplomas enmarcados.

Había tres personas en la habitación. El iracundo Pietro se hallaba de pie y la expresión de sus ojos habría aterrorizado a cualquier persona sobre la faz de la tierra. De pie junto a la puerta cerrada se encontraba de pie un hombre de edad avanzada y fríos ojos grises, a quien no parecían atemorizar ni los gestos ni los rugidos del dueño de casa. El que sí estaba totalmente aterrado era un joven de unos dieciséis o diecisiete años, quien estaba hundido en una silla, con la cabeza gacha y temblando ligeramente.

Marco Di Riglianni era un joven bastante atractivo. Llevaba el cabello lacio de color castaño claro algo despeinado y vestía jeans ajustados, una camisa negra y una campera de color claro encima. Tenía ojos de color miel y tez clara, pero sus apuestas facciones se hallaban contraídas en una expresión de vergüenza tal que sus ojos lagrimeaban sin que él lo pudiera evitar.

— Escaparte así… Espera a que tu madre se entere. No pienso tolerar otro de tus jueguitos.— Don Pietro lo fulminó con la mirada.

— ¡Ya basta, Pietro!— exclamó el otro hombre.— Ya lo has humillado demasiado. No voy a permitir que metas a Sofía en esto.

— Tú no te metas, Valdemar.— le dijo Pietro, aún echando chispas por los ojos.

— Ya llevas regañándolo durante más de media hora. Y por si no lo recuerdas ya, Marco es mi ahijado.

Valdemar Firenzi, obispo de Nápoles, se irguió sobre Don Pietro con una mirada aún más fría que la de él. Su rostro estaba engañosamente tranquilo, pero aún así resultaba más aterrador que si hubiese estado desfigurado por la ira.

— Es mi hijo.

— Y se supone que tú, como su padre, deberías intentar razonar con él. Sólo has estado gritándole. Tienes a Marco tan aterrado que ni siquiera conseguiste que te dijera por qué quiso escapar.

Los dos intercambiaron una larga e intensa mirada. Los ojos de Pietro aún despedían chispas, pero la mirada de Valdemar se erguía ante él tan calma, fría e imperturbable como el muro de una fortaleza impenetrable. Finalmente, Pietro tuvo que ceder. Aún tan iracundo como estaba, debía admitir que en estos momentos Valdemar podía manejar este problema mejor que él mismo. Él estaba cansado por el viaje relámpago de regreso a Italia, y seguramente lo único que conseguiría si seguía rugiendo de ese modo sería empeorar la situación.

— Como quieras.— murmuró apartando la vista.

Pietro salió de la habitación dando un portazo.

— Gracias, tío…— dijo la voz grave y seductora del joven Marco, algo afectada aún por el temor que sentía.

— No tienes que agradecérmelo. Ahora explícame esta locura. ¿A dónde exactamente querías llegar?

— Yo…— bajó la vista, rehuyendo los ojos de su padrino.

— Tu padre no tiene por qué enterarse de esto.— dijo Valdemar acercándose a su ahijado. Parecía haber adivinado sus pensamientos.— Queda bajo secreto de confesión. Te doy mi palabra como hombre de Dios.

Pietro aún parecía dudar.

— ¿No confías en mí?

— Es que… estoy harto de todo esto, tío.

— ¿De qué exactamente?

— De esto… Mi padre pasa todo el día fuera de casa. Mamá no está nunca en casa tampoco.

— ¿Querías escaparte para llamar la atención de tus padres?

Marco se quedó callado un buen rato. Valdemar prefirió no presionar más a su ahijado. Incluso una vez que su padre se hubo retirado de la habitación, Marco se mostraba reticente a hablar sobre su escape.

— No.

— ¿Entonces?

— Quería… quería libertad, tío.

— ¿Libertad? — ¿Cómo querías que me sienta?— de pronto, el joven ya no sentía miedo. Toda la rabia y la frustración que había sentido durante las últimas semanas parecieron querer salir.— ¡Ellos dos nunca están en casa y a mí no me dejan salir!

— Sólo quieren cuidarte.

— ¿Cuidarme? ¡Dime que otro chico de mi edad necesita guardaespaldas a donde quiera que vaya!

— Marco, tu familia…

— No me vengas con esas viejas historias, tío. No estamos en la Segunda Guerra Mundial.— bufó, cruzando los brazos.

— Tienes razón.— concedió.— Quizás te sobreprotegen.

— No es sólo eso, tío. A veces me gustaría ser un chico normal. Quiero una vida normal. Amigos.

— Los hijos de las familias más importantes de Nápoles son tus compañeros de clases.

— No son mis amigos. Que me vea obligado a sonreírles y que finja que me agradan en todas las fiestas que dan mis padres o los de ellos no significa que sean mis amigo. Quiero amigos de verdad, tío, no payasos que viven de las apariencias.

— Ya veo. Se trataba de eso. Todos los adolescentes se sienten solos en algún momento. Yo también fui joven, ¿sabes? Ese no es motivo para escaparte de tu casa.

— Lo sé, pero…

— Olvídalo. Yo hablaré con tu padre. Tranquilo, no le diré nada.— le aseguró al ver su mirada.— Sólo voy a sugerirle algunas cosas.

Un par de horas después, Marco dormía en su habitación. Pietro, mucho más relajado que antes, en parte debido al baño que había tomado, se reunió con Valdemar en su estudio.

— Es mi heredero, ¿Qué parte de eso no entiendes?

— Oh, por todos los santos… ¡Es tu hijo! ¿Por qué no puedes dejar que tenga una vida normal como la de cualquier otro joven de su edad?

— Me parece que exageras un poco, Valdemar. — No, tú eres el que está exagerando. Lo sobreproteges.

— ¿Me estás sugiriendo que le deje hacer lo que quiera?

— Marco tiene derecho a divertirse un poco. Déjalo salir de vez en cuando. Necesita conocer chicos de su edad. Y no me vengas con que puede hacerlo en todos los eventos sociales que organizas.

— Conoce a los hijos de las familias más prestigiosas de toda Italia.

— ¡Por Dios, Pietro! Marco va a cumplir diecisiete años y no tiene ningún amigo de su edad. Tú tampoco pasas tiempo con él.

Por una vez, Pietro Di Riglianni pareció quedarse sin argumentos. Apartó la vista y la dirigió a la ventana. La luz de la luna bañaba los jardines de su mansión en Nápoles. Una sombra cruzó su mirada y Valdemar pareció entender.

— Sé que sólo intentas hacer lo correcto.— le puso una mano en el hombro.

— Don Bruno no era muy paternal que digamos.

— ¿Nunca le llamaste “papá”?

— No, a él no les iban ese tipo de cosas. Solía decirme que dejara de tratarlo con sentimentalismos.

— Pietro, estás cometiendo los mismos errores que tu padre cometió contigo. No voluntariamente, claro. No tuviste una buena experiencia de lo que es tener un padre paternal, como tu le llamas.

— ¿Qué se supone que haga?

— Dale más libertad a tu hijo. Tengo entendido que le gusta viajar. ¿Por qué no lo inscribes en algún tipo de intercambio estudiantil? Tu hijo tiene un espíritu muy aventurero.

— ¿Crees que podría convencer a Luis de que lo hospedase en su casa por un tiempo? Me refiero a que tal vez pueda comenzar este curso en Argentina.

— Es una buena idea, le sentará bien un cambio de aires.

— ¿Tú crees?

— Llama a Luis de una vez. Marco habla español fluidamente y adora a su prima Luciana.

— Eso haré entonces.— dijo con una amplia sonrisa. La primera que Valdemar le había visto desde que había regresado a Italia.

POST-SCRIPTUM I: La canción es “Hay que bailar” de Sonohra. Me pareció la mejor para representar a Marco, además de que el dúo Sonohra es italiano.

POST-SCRIPTUM II: Voy a dejar de escribir en “argentino básico”,  porque honestamente no me gusta como queda, para pasar a un español neutro.

POST-SCRIPTUM III: Aura tenía razón; es muy dificil escribir sobre personas reales porque a la hora de hacerlo, te condiciona bastante. Así que a partir de aquí, lo único “real” de la historia son los nombres de los personajes y sus características más sobresalientes. El resto (sucesos, historias de trasfondo, tramas argumentales) es pura ficción que sale de mi perversa y retorcida mente.

La Reina Jueves, Jul 16 2009 

 

Publico ahora un minirelato, como lo llamaría Luciana, que acabo de escribir. Hoy me agarró una curiosidad compulsiva sobre las monarquías inglesas y mientras saciaba mi sed de conocimientos me vino esto a la mente. No tiene relación alguna con la historia del Instituto Arcángel, pero me gusta como quedó y pensé en publicarlo. De todos modos, mañana publicaré otro capítulo.

 

La Reina

 

Eran pasadas las doce del mediodía. Ella había estado caminando distraídamente por casi una hora. Su paso era firme, casi majestuoso, pero aún así no parecía que tuviera algún sitio específico al que dirigirse. Su larga capa se enredaba entre sus tobillos con cada paso que daba, pero a ella no parecía importarle. Su cuerpo estaba allí, mientras vagabundeaba por uno de los jardines internos de la Torre de Londres, pero su mente se encontraba muy lejos en esos momentos.

Se encaminó a la capilla, en busca del sacerdote que un par de días atrás, le había pedido que encabezara una procesión. El pedido del buen monje había sido en realidad un intento para fortalecer las relaciones con la Iglesia, las cuales se habían debilitado desde que su esposo la había acusado públicamente del crimen de brujería.

¡Ese estúpido hombre…! ¿Cómo había podido atreverse a hacer algo así? Decidió que muy pronto tendría que cruzar unas cuantas palabras con él. No le importaba en lo absoluto que su marido fuese el rey de Inglaterra. Al fin y al cabo, ella era la reina, ¿cierto? Cierto.

Salió de allí sin siquiera haber visto al sacerdote que buscaba. De cualquier modo, con la frustración se había olvidado de para qué había entrado a la capilla.

Con una expresión de absoluta determinación en su bello rostro, el espíritu de Ana Bolena se desvaneció en el brumoso aire inglés, bajo la atónita mirada de los turistas que allí se encontraban.

006 – Páginas del diario de Luciana Lunes, Jul 13 2009 

 

Capítulo 006 – Páginas del diario de Luciana

 

 

Querido Diario:

¡Hola! Tanto tiempo, ¿no? Perdóname que no hablara contigo desde hace tanto tiempo, pero es que he estado realmente ocupada. Los entrenamientos en el TLTC ocupan la mayor parte de mi tiempo, pero de verdad amo jugar al hockey. Bueno, la verdad tengo bastantes cosas para contarte, así que mejor que empiece de una vez. En primer lugar, mis padres han vuelto a irse de viaje. La verdad los extraño mucho, pero ya estoy acostumbrada a que no estén, supongo. De todos modos, Eliza sigue cuidándome como de costumbre, así que tampoco me siento muy sola que digamos. Dany está pasando lo poco que queda de vacaciones en Cancún, ¿puedes creerlo? Claro que, como su papá es el dueño del hotel, no le cuesta demasiado. Dany dice que volverá recién el lunes, para quedarse directamente en el Instituto. Me da un poco de pena que se terminen ya las vacaciones, pero en realidad ya quiero volver al Instituto. Hace mucho que no tengo noticias de nadie, salvo de Dany y de la Floppy quien vino a visitarme hace unos días. ¡Ya quiero volver a verlos a todos! Me pregunto si este año habrá alguien nuevo en el curso. No sé por qué, pero tengo el presentimiento de que conoceré a muchos chicos nuevos.

Tengo otra cosa también para contarte: el sábado pasado, cuando salía del entrenamiento, un hombre intentó asaltarme. Casi lo logra, y estuvo a punto de clavarme una bala en el medio de la frente. Pero un chico salió de no sé dónde y me ayudó. Casi lo mata al tipo. Al principio yo le tenía miedo (estoy segura de que vi algo en sus ojos que me aterró) pero luego se volvió hacia mi y me preguntó si estaba bien. Esa vez sus ojos se veían tan tiernos… Se llama Alejandro. Ese día lo invité a comer a casa. Al principio él no quería venir, pero acabé por convencerlo.

Es un buen chico, atento y amable. Un poco reservado y desconfiado, pero quizás eso sea porque ha vivido gran parte de su vida en la calle. Como no tenía donde quedarse, le dije que podía pasar la noche aquí. Esa noche llamé a papá y le conté. Me dijo que no había ningún problema, que yo sabía lo que hacía y que si llegase a suceder algo, Eliza y Michel Ángelo se podrían encargar de lo que fuera.

Obviamente no le dije a nadie que papá sabe que Alejandro está aquí. Por algún motivo no querría que nadie se enterase. Mucho menos Alejandro. Él me cae muy bien, y la verdad no quiero que se vaya de aquí. Para volver a la calle. En mi casa está bien, no le falta comida ni una cama para dormir. Tampoco es un villero ignorante ni nada por el estilo. Es bastante inteligente y aprende rápido. Se pasa horas en la biblioteca desde que llegó; hablando de esto, le pregunté a papá si había posibilidades de inscribirlo en el Instituto, sé que no tiene estudios secundarios, pero si tiene estudios primarios completos y papá me prometió que haría todo lo posible por matricularlo. La plata no es ningún problema, de eso me encargo yo.

Desde que Alejandro llegó a mi casa, nos volvimos muy buenos amigos. Me acompaña a todos lados, todos los días va conmigo al TLTC a mis entrenamientos. Hoy le pedí que me acompañara al centro porque quería comprar algo de ropa. Me compré una remera rosa divina y una camperita blanca que hace juego con el pantalón que tengo. Después, y pese a sus objeciones, fuimos a comprar algo de ropa para él (que en definitiva era para lo que yo quería que me acompañara al centro). Obviamente también le compré un celular para que pueda encontrarlo cada vez que lo necesite, y un reproductor de Mp3 porque le encanta la música. Otras cosas fueron varios libros y otras cosas varias como una mochila, CD’s y algunas cosas para su habitación, porque ya decidí que va a quedarse en la habitación en la que estaba ahora. Papá me dijo que va a solicitar la tenencia de Alejandro, es decir que pasaría a ser su tutor. La verdad no me costó mucho convencerlo: papi me adora y sabe que siempre quise un hermano. De todos modos, al principio desconfiaba un poco, pero comenzaron a llevarse muy bien y a hablar por teléfono casi a diario. Le cayó bastante bien.

Ahora paso a contarte un poco sobre cómo es él, o al menos lo que deduje de lo que compramos hoy, es decir, algunos de sus gustos y preferencias. Bueno, creo que ya te he dicho que le gusta leer; lee cualquier cosa, pero le gusta especialmente el fantasy y las novelas históricas. Con respecto a la ropa, le gusta usar especialmente el negro, y creo que sólo usa jeans, además de que siempre lleva una muñequera de su banda de música favorita, los Red Hot Chili Peppers. Pero no es lo único que usa. Hoy se puso jeans, zapatillas blancas y un buzo Kevingston (de esos que usan los rugbiers) azul y blanco. Le insistí hasta que lo hizo, porque yo tenía entrenamiento a la tarde y quería que él hablara un poco con los chicos de rugby del TLTC. Creí que la ropa le ayudaría a causar buena impresión, y parece que sí. Dos de mis compañeras se quedaron mirándolo como atontadas y parece que les cayó bien a los chicos.

Bueno, me estoy yendo de tema. Te estaba hablando de él. Sobre la música, al igual que con los libros, escucha cualquier clase. Prefiere las bandas alternativas y en inglés (a propósito, está aprendiendo inglés desde que llegó a mi casa… Es como si fuera autodidacta o algo así, porque no necesita un profesor), pero por sobre todo el rock. De todos modos, también disfruta mucho escuchando música de los años setenta o música clásica.

Otras cosas que aprendí de él son por ejemplo, que sus sabores favoritos de helado son el chocolate amargo y el biscuit, sus colores favoritos el azul y el negro, que le gusta especialmente la historia (tanto argentina como mundial) y la animación japonesa (manga y anime) y que en sus ratos libres le gusta dibujar, y lo hace bastante bien. Su cumpleaños es el día veinticinco de septiembre, y su signo es libra, aunque él prefiere el zodíaco chino, según el cual es mono.

Ahora mismo, Alejandro está en su habitación, ordenando un poco y acomodando sus nuevas cosas. Estoy segura de que también está escuchando música. Espero que papá consiga inscribirlo en el Instituto, tenerlo como compañero sería bastante interesante.

Ya casi es hora de cenar. Voy a ordenar pizza, sé que le gustan, especialmente las de cebolla y queso. Bueno, creo que eso es todo lo que tenía para contarte.

Tengo que irme ahora, cuando haya novedades te volveré a escribir.

Luciana

POST-SCRIPTUM I: La canción es “Eres tú”, de Bellanova. Me pareció adecuada para el capítulo y porque es un capítulo dedicado a Luciana. De todos modos, no veo la hora de poner rock, jaja.

POST-SCRIPTUM II: Fue muy extraño escribir este capítulo. Tuve que “meterme” de algún modo en la mente de Luciana para hacerlo, jaja. De todos modos, fue una experiencia bastante provechosa para mí, ya que pude escribir desde otra perspectiva a diferencia de como lo hago usualmente.

Sobre mi “Desaparición”: Lunes, Jun 15 2009 

He estado tan ocupado últimamente que practicamente desaparecí de la internet. Recién ahora tuve tiempo de prender la PC y ponerme al día con algunas cosas. Realmente el Instituto ocupa la mayor parte de mi tiempo, especialmente ahora que tengo que rendir las famosísimas evaluaciones cuatrimestrales a lo largo de las próximas dos semanas, aunque el estudio de inglés y el gimnasio también ocupan mi tiempo sobremanera.

Probablemente no me volverán a ver -o mejor dicho, a leer- por un tiempo más, al menos hasta las vacaciones de julio, ya que pienso que voy a seguir muy ocupado; estoy aprovechando ahora este día declarado, muy ridículamente a mi parecer, feriado, para ponerme un poco “al día” con el blog.

Con respecto a la historia, al principio pensé en cortarla y repetir el muy lamentable final -como me señaló Aura- de Durward, pero tengo varios capítulos escritos. No los he publicado debido a que son manuscritos y lleva tiempo pasarlos a la PC. Pero retomaré la publicación durante las vacaciones de julio.

Pasando a otros temas, les recomiendo darse una vuelta por el blog de Aura:

http://aurazephyr.wordpress.com

Realmente es un muy buen sitio.

Cuando tenga un tiempo me pondré a actualizar el blog.

Saludos a todos. Cuídense.

 

Alejandro-kun

005 – Don Pietro Di Riglianni Martes, Jun 2 2009 

 

Capítulo 005 – Don Pietro Di Riglianni

 

 

La familia Di Riglianni era una familia muy respetada y temida en la Italia de la primera mitad del siglo veinte. No había una persona en todo el país que no conociera dicho apellido, ya fuera porque todos los miembros de la familia eran adinerados en exceso y solían hacer ostentosas demostraciones de su riqueza, o porque el jefe de la familia, Don Vittorio, era la persona más influyente tanto en la alta sociedad italiana como en los altos mandos de la Cosa Nostra.

Don Vittorio era un hombre de unos cincuenta y tres años; estaba casado con Doña Raffaella, y tenía tres hijos, de los cuales sólo el mayor, Bruno, estaba casado, pero ninguno de ellos le había dado un nieto. Los Di Riglianni no eran numerosos, pero aún así la inestabilidad política de toda Europa durante aquella tumultuosa época había mermado el poder de los Di Riglianni. Al gobierno no le convenía tener a un personaje tan poderoso como Don Vittorio en la escena política interna cuando ya tenía suficientes problemas con los conflictos que, día a día, desencadenaban cruentas matanzas en todos los rincones del continente. Así fue como el gobierno italiano comenzó a perseguir a los diferentes capos mafiosos, acabando con familias enteras sólo porque el más insignificante de sus miembros había tenido trato con algún miembro de la Cosa Nostra. Don Vittorio decidió entonces que su mansión en las afueras de la ciudad de Nápoles ya no era un lugar seguro, por lo que reunió a su familia y se exilió con ella, trasladándose todos al otro lado del Atlántico. Pero Don Vittorio era hombre de tierra, no de mar, y si bien pudo lograr su objetivo de sacar a su familia de Italia, no logró pisar el territorio argentino. Don Vittorio murió presa de una gripe bastante fuerte que había pescado en alta mar.

A la muerte de su padre, fue Don Bruno quien asumió el mando de la familia. Don Bruno Di Riglianni era un hombre astuto. Apenas hubo llegado a la Argentina comenzó a hacerse notar entre los círculos políticos más influyentes, a pesar de su corta edad, logrando una cierta reputación como hombre de negocios y político sagaz. De modo que varios años luego de acabada la Segunda Gran Guerra, cuando la esposa de Don Bruno, doña Sofía, quedó embarazada a la edad de cuarenta y dos años, la alta sociedad no tuvo otra cosa de lo que hablar hasta el hartazgo. De ese embarazo nació, en 1964, el joven Pietro Di Riglianni.

Ya de niño, Pietro Di Riglianni era un joven con una mente tan aguda como la de su padre. Si bien nunca llegó a ser abanderado en ninguno de los colegios en los que asistió, no fue porque no pudiera serlo, sino porque la escuela nunca le había llamado la atención en realidad. Pietro prefería utilizar su intelecto en asuntos mucho más importantes. Bien se hubo recibido de abogado, volvió a Italia con el propósito de seguir el antiguo negocio familiar. La familia Di Riglianni recuperó entonces el control de la mafia italiana.

Eran tiempos prósperos para Don Pietro; los negocios iban bien y ningún hombre se atrevía a desafiar su autoridad. Hasta que Pietro conoció a Sofía Di Bacco, con quien se casó, y quien quedó embarazada al cabo de un año. Pietro vivía apaciblemente desde entonces, dedicándose cada vez menos a los negocios y más a la paternidad. Una paternidad doble, porque, mientras su esposa no había dado aún a luz, Luis Alderete, un antiguo compañero de estudios de la universidad y con quien Don Pietro había trabado una íntima amistad, se puso en contacto con él. Luis le contó que se había casado y que iba a ser padre de una niña, y le pidió que fuera el padrino de su hija. Apenas hubo nacido Marco, el hijo de Pietro, Pietro y Sofía Di Riglianni viajaron a la Argentina con su hijo para conocer a Luciana Alderete Hassan. De ahí en más, la familia Alderete Hassan y la familia Di Riglianni comenzaron a volverse cada vez más unidas.

 

Pietro Di Riglianni se había quedado absorto, rememorando su pasado, mientras aguardaba que las puertas de hierro de la mansión Alderete-Hassan se abrieran ante él. Las puertas se abrieron en silencio, permitiéndole el paso. Mientras avanzaba con paso firme por el sendero de piedra. La lluvia había dejado de caer, y si bien el cielo estaba aún cubierto de nubes, el césped verde estaba ya completamente seco. Una vez llegó a las puertas principales de la casa, le agradó ver a su viejo amigo, Michel Ángelo Giacomazzi, que lo recibía.

Michel Ángelo y Pietro eran viejos amigos. Se habían conocido cuando Pietro había vuelto a Italia; la mejor amiga de Sofía, Emmilia, era hermana de Michel Ángelo, y ambos solían visitar a los Di Riglianni en su mansión muy frecuentemente. Michel Ángelo se había vuelto muy amigo de Pietro; Pietro había sido quien lo había recomendado al doctor Luis Alderete cuando éste se mudó a su actual hogar y necesitó un chef.

— ¡Tanto tiempo sin verte, viejo amigo!— exclamó Pietro, abrazando a Michel Ángelo.

— Te he echado de menos.— le dijo el chef con una sonrisa.

— También yo, amigo. ¿Cómo están las cosas por aquí?

— Todo está bien. Luis y Graciela no están en casa, y Luciana se ha ido a algún lugar en el centro, pero de seguro volverá pronto. Sin embargo, hay algo que creo que te interesará saber.

— Ah, ¿sí?— dijo Don Pietro con un brillo de curiosidad en los ojos.— ¿De qué se trata?

— Bueno… Hay un joven viviendo aquí. Se llama Alejandro. Luciana lo trajo ayer, creo que él la salvo de un ladrón o algo así. El asunto es que el joven en cuestión es un callejero. Hace rato estuve hablando con él, parece un buen chico, sensato y honesto. Pero León no ha parado de decir que hay que vigilarlo. Admito que al principio a mí tampoco me inspiró mucha confianza que digamos, pero León está siendo exagerado. Sospecho que está celoso.

— ¿Eso crees? ¿Han mantenido alguna conversación? Me refiero a León y al tal Alejandro, claro.

— Sí. Bueno, más bien fue León quien lo provocó. Lo acusó de ladrón e intentó correrlo de la mansión. Alejandro le contestó que no tenía ningún problema en irse, pero que antes León debía pedirle disculpas por llamarlo ladrón.

— Me parece justo.

— Por lo visto a León no le pareció justo, ya que siguió amenazándolo y llegó a intentar golpearlo. Tu ahijada fue quien lo evitó y le dijo a León que podía tomarse el día libre, pero yo creo que eso no servirá de nada.

— No. Es más, lo más probable es que León le tenga más rabia ahora que antes. Hablaré con él.— prometió.

— Pero intenta no ser demasiado duro con él. Sabes que es un buen chico, solo es algo impetuoso.

— Sí, es un buen chico, pero tu “algo” se queda corto. A propósito, ¿sabe Luis que Alejandro está aquí?

— No. Me parece que Luis volverá recién el jueves, por lo que aún faltan cuatro días para que se entere. No creo que esto sea algo de lo que la señorita Luciana quiera hablar por teléfono.

— Quizás yo tenga que adelantárselo. No me gusta la idea de que Luis no sepa de esto.

— Como quieras, pero entonces encárgate tú de que Luciana no se entere de que vas a decírselo a Luis. No creo que le guste que lo hagas tú y no ella.

— Supongo que tienes razón. Bien, me parece que ya va siendo hora de que conozca a ese tal Alejandro, ¿no crees?

— Sí, claro. Pasa. ¿Te sirvo algo para beber?

— No, pero te lo agradezco de todos modos.

Pasaron al comedor. Alejandro estaba allí, sentado en una de las sillas, con el ejemplar de El castillo de la Magia que había sacado de la biblioteca. Recordando sus buenos modales, dejó el libro sobre la mesa y se puso de pie, extendiéndole su mano a Don Pietro.

Bongiorno, signore Pietro.— dijo en el italiano más correcto que pudo, imitando a la perfección el acento de Michel Ángelo.

— Gusto en conocerte, Alejandro.— le dijo Pietro mirándolo a los ojos.

 

Monseñor Valdemar Firenzi, obispo de Nápoles, se dirigía presuroso hacia la sacristía de la catedral. La catedral estaba completamente vacía. Si bien eran pasadas las nueve de la mañana, la misa había finalizado ya. Pero eso no era lo que monseñor tenía en la mente en esos momentos. Cuando Su Ilustrísima entró a la sacristía, lo primero que hizo fue tomar el teléfono y marcar un número. El celular de un viejo amigo.

 

Pietro Di Riglianni dormía plácidamente en la cama de la habitación del hotel en el que se estaba hospedando. Dos minutos después se sentó en la cama. Miró su reloj de pulsera al que había dejado sobre la mesa de luz. Las tres y diecisiete de la mañana.

“¿A quién se le ocurre llamar a estas horas?” pensó.

Se había despertado de súbito por el sonido del celular. Al principio pensó en que siguiera sonando. De seguro debía de ser algún cliente impertinente. Estaba convencido de que el teléfono se callaría a los tres o cuatro timbres.

Se equivocó. El teléfono seguía sonando. Catorce veces y contando.

“Al diablo con esto” se dijo fastidiado. “Si no atiendo ahora, sea quien sea, de seguro que no me dejará dormir tranquilo en toda la noche”.

Cuando tomó el celular del bolsillo de su saco, observó que el teléfono desde el que lo estaban llamando no era otro que el de la catedral de Nápoles. Atendió.

— ¿Valdemar? ¿Eres tú?

— Pietro, disculpa que te moleste a estas altas horas de la noche allí donde estás, pero tienes que volver a Italia de inmediato.

— ¿Qué demonios sucede ahora?— no es que quisiera tomárselo contra Valdemar, después de todo eran buenos amigos, pero odiaba que lo despertaran en mitad de la noche.

— Pietro… De verdad lamento muchísimo tener que ser yo quien te dé esta noticia, pero…

— Habla de una vez, no me gusta que te andes con rodeos.

— Bien, verás…

— ¿Sí? — Tu hijo no está. Marco ha desaparecido.

POST-SCRIPTUM I: Lamento el retraso del capítulo de hoy, ya que en realidad debería haberlo publicado ayer. Pero prácticamente no pude usar la PC desde el domingo. Desde ahora dejaré los capítulos listos y ya programados para que se publiquen a tiempo.

POST-SCRIPTUM II: El capítulo va dedicado a los desaparecidos del Airbus A330-200 y a los familiares de los mismos.

POST-SCRIPTUM III: El video de la canción del capítulo no termina de convencerme. De todos modos, lo importante es la canción y no el video.

POST-SCRIPTUM IV: Esta especie de “introducción” a la historia (cuya línea argumental principal transcurre en el Instituto Arcangel) se está volviendo demasiado larga. Voy a intentar finalizarla lo antes posible para entrar a lo que me interesa de la historia.

004 – La visita del padrino Viernes, May 29 2009 

 

Capítulo 004 – La visita del padrino

 

 

Eran las cuatro de la mañana de aquel domingo. La lluvia había comenzado a caer nuevamente, y ahora se había convertido en una verdadera tormenta. El ruido del agua al caer impactando sobre los cristales de la ventana de la habitación, provocaba un verdadero estrépito. Pero no era eso lo que no lo dejaba dormir. Alejandro estaba tendido en la cama sin poder conciliar el sueño.

Luciana le había mostrado la planta alta de la mansión; las paredes estaban pintadas de un anaranjado claro, cercano al color durazno, y había en total diez habitaciones. La más grande era la de los padres de Luciana, luego estaba la de ella y las dos habitaciones vacías que servían para alojar a los ocasionales huéspedes de la mansión, en una de las cuales estaba él ahora. Las restantes eran las habitaciones de servicio: las de Eliza y Michel Ángelo, a quienes Alejandro ya conocía, las de las dos mucamas y las de el chofer y el jardinero, de quien se enteró por Luciana que estaba de vacaciones.

Una vez hubieron terminado de cenar – en aquella ocasión, la comida había consistido en un estofado caliente, perfecto para aquel inusual frío -, Luciana le había mostrado la planta alta de la casa, para luego ordenarle que tomara un baño. ¡Que reconfortante había sido tomar aquel baño caliente! Luego ella lo había llevado a aquella habitación.

La habitación era espaciosa. Las paredes estaban pintadas de blanco y estaba bien amueblada. La cama estaba colocada en una esquina de la habitación. Había también un escritorio y una silla, un armario y una repisa con algunos libros. El cuarto tenía su propio aire acondicionado y un calefactor eléctrico, y ocupando toda una pared, había un gran ventanal con un pequeño barandal que daba al patio trasero de la casa.

El reloj que estaba en la pared indicaba que eran ya las cuatro y veinte minutos de la mañana. Alejandro decidió que definitivamente no podría dormirse, y se levantó.

Examinó los libros que había en la repisa; los títulos en sí no tenían nada que ver los unos con los otros. Se trataban de El nombre de la rosa y El péndulo de Focault de Humberto Eco, Romeo y Julieta de William Shakespeare, La historia interminable de Michael Ende y La historia de Lisey, de Stephen King. Alejandro ya los había leído todos. A pesar de que a simple vista podía parecer un callejero más, realmente le gustaba leer. Era socio de un par de bibliotecas de la ciudad, y solía pasar bastante tiempo allí. Nunca se había puesto a reflexionar sobre porque le gustaban tanto los libros, pero ahora que se detenía a pensarlo, supuso que era una forma de distraerse de la dura realidad que le tocaba vivir.

Decidió que bajaría al salón principal; realmente necesitaba estirar las piernas. Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado de no hacer demasiado ruido. Se encaminó a la escalera que conducía a la planta baja y fue bajando uno por uno los escalones de mármol. La fuente emitía un murmullo tranquilizador, pero excepto por ella, todo estaba en silencio. Terminó de bajar la escalera y dio un par de  vueltas alrededor de la estancia, hasta que por fin se sentó en uno de los divanes que había allí, hundiéndose en los almohadones. El murmullo del agua al caer comenzó a amodorrarlo, hasta que por fin cayó dormido.

Dos horas más tarde, una voz lo despertó bruscamente.

—    Buscando algo que robar, ¿eh?

Era un hombre joven, de poco más de veinte años. Tenía la tez bronceada, ojos azules oscuros y cabello castaño. Llevaba la barba corta y vestía traje y corbata.

Alejandro tardó unos minutos en comprender que se dirigía a él. La clara luz del alba llenaba la habitación.

—    Yo no soy ningún ladrón.— le dijo con voz grave, sentándose en el diván. Lo estaba mirando con tanto desprecio que Alejandro no vio ningún problema en mirarlo de igual forma.

—    Mirá, pendejo, a mí no me engañas. Te vas ahora mismo de la mansión.

—    Primero retractate de haberme dicho ladrón.

—    No voy a gastar mi saliva en eso. Odio hablar con basuras como vos.

—    Entonces me quedo aquí.— dijo en el tono más irritante que pudo.

Los dos se miraban con odio. Casi se podían ver las chispas que sus ojos emitían.

—    Te dije que te vayas.

—    Ni loco.— metió las manos en los bolsillos.

—    Te vas ahora.— lo agarró del cuello de la remera.

Alejandro ya había estado en la misma situación un par de veces, así que trató de aparentar indiferencia y de irritarlo aún más. Ni siquiera se molestó en sacar las manos de los bolsillos.

—    Te vas de aquí ahora. Te quiero lejos de la señorita Luciana.

—    No.— y al decir eso, el joven levantó su puño para golpearlo.

—    Soltalo, León.— dijo Luciana desde la cima de la escalera.

Al ver a Luciana, León soltó el cuello de la remera de Alejandro, pero no se apartó ni un centímetro de él.— Ahora disculpate con él.

—    Pero, señorita…

—    Nada de peros. Mejor andate de una vez si no te vas a disculpar. Podés tomarte el día libre, quizás así te calmás un poco.

León no dijo nada. Se dio la vuelta y se dirigió al comedor, herido en su orgullo. Al cabo de un momento, desapareció de la vista.

Luciana bajó la escalera y se aproximó a Alejandro.

—    ¿Estás bien? Disculpá la mala educación de León. Él no suele ser así.

—    No hay problema, ya estoy acostumbrado a estas cosas.

—    Ya veo.— Hubo una pausa larga y muy incómoda.— ¿Te puedo preguntar algo? Si no querés contestar no hay problema.— dijo sentándose en el diván.

—    Preguntame.

—    ¿No tenés familia?

—    No.

Otra pausa, pero esta vez más corta.

—    Entonces ¿cómo…?

—    ¿Cómo empecé a vivir en la calle?

—    Sí.

Alejandro se sentó en el diván también, pero no la miró. Sus ojos estaban fijos en el suelo.

—    Desde que tengo memoria, vivía en un orfanato, pero era horrible. No había un día que no te maltrataran. Hasta que un buen día pude robar la llave de la puerta de entrada, así que me escapé. Eso fue cuando tenía once años, desde entonces vivo en la calle.

—    ¿De verdad te maltrataban en ese orfanato?

—    No nos daban de comer y nos golpeaban.

—    ¿Los golpeaban?

—    Si tenías suerte era con la mano. Sino usaban un látigo. Todavía tengo un par de cicatrices en la espalda, aunque ya casi no se notan.

—    ¿Y nunca pensaste en denunciarlos?

—    ¿Crees que hubiera sido tan fácil? Tenían contactos en la policía, no hubiese servido de nada.— la miró. — ¿Hablamos de otra cosa?

—    Bueno. Disculpá si te incomodaba hablar de esto.

—    No me molesta, pero no es un recuerdo muy agradable que digamos. ¿Te puedo preguntar que hay detrás de esa puerta?— señaló la puerta de madera que había en la pared.

—    Ah, esa es la biblioteca. También está el estudio de mi papá. ¿Querés entrar?

—    ¿Se puede?

—    Sí, vení.

Entraron a la biblioteca. Era una sala iluminada y espaciosa, casi tan grande como el comedor. Las paredes estaban repletas de estantes llenos de libros de todo tipo; desde la Biblia cristiana hasta Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carrol. Había un par de cómodos sillones y una puerta en una de las paredes con una placa de bronce que rezaba “Dr. Luis Alderete”.

Alejandro se dedicó a examinar los libros. Estaban organizados según su temática. De pronto se sorprendió pensando que había muchos que ya había leído, pero así también otros tantos que le gustaría leer. Especialmente los de fantasy o las novelas históricas.

—    ¿Te gusta leer?

—    Sí. ¿Tu papá es médico?

—    No, abogado. ¿Por qué?

—    Tiene varias novelas históricas. Me llamó la atención.

—    A mi papá le gusta leer libros así, como el Señor de los Anillos. Le gusta poder distraerse de su trabajo de vez en cuando. Si querés leer alguno no hay problema, pero no se que tipo de libros te gustarán.

—    ¿Te molesta si me quedo aquí un rato? No voy a robarte nada, a diferencia de lo que tu chofer cree.

—    Yo nunca dije que fueras un ladrón. Podés quedarte el tiempo que quieras.

—    Me voy a quedar un rato.— eligió La senda de la Profecía de David Eddings y se sentó en uno de los sillones.

—    Bien. Yo tengo que salir. León ya no está en la casa, así que no te va a molestar. Cualquier cosa que necesites pedile a Eliza o a Michel Ángelo. Él suele estar en la cocina, así que si tenés hambre date una vuelta por ahí.

—    Gracias. De verdad.

—    No es nada.— Sonrió y salió de la habitación.

 

Cuando Alejandro se dio cuenta, eran ya las seis de la tarde. No había comido nada desde que se había levantado y su estómago estaba protestando. Decidió que le haría caso a Luciana, así que dejó el libro en su estante correspondiente, y salió de la biblioteca rumbo a la cocina.

Atravesó el salón principal y el comedor y entró a la cocina. Era un lugar limpio y ordenado, como las cocinas de los programas de cocina de la televisión. Michel Ángelo estaba sentado en una silla, leyendo un libro sobre cocina oriental.

—    Buenos días.— le dijo Alejandro

—    Bongiorno, signore. Me temo que no escuche su nombre, así que me gustaría que me lo repitiera si es posible.

—    Soy Alejandro.

—    Pues mucho gusto.— le extendió la mano y Alejandro se la etrechó. Parecía un buen hombre.

—    Igualmente.

—    ¿Le molestaría si me quedo aquí un rato? Me gustaría conversar un poco con alguien.

—    Claro. ¿Quieres comer algo? Noté que no almorzaste hoy.

—    Me gustaría mucho.

Michel Ángelo le sirvió un plato de comida y se sentó frente a él en la mesa que había allí.

—    ¿Hace mucho que trabaja aquí?

—    Diez años. Los señores son muy buenas personas, como así también la señorita Luciana.

—    Sí, eso ya lo noté.— desvió la mirada.

—    ¿Ocurre algo?

—    No, es solo…. Es solo que me siento confundido. No tengo idea de por qué Luciana me trajo a su casa. Nunca me había pasado algo así.

—    La señorita Luciana es muy buena. Seguramente solo quiso ayudarlo.

—    Eso lo entiendo pero…

—    ¿Acaso no se siente a gusto en la mansión?

Esa era una buena pregunta.

—    La verdad es que sí. Me gusta estar aquí, aunque no se bien por qué.

—    A mi parecer, si se siente usted a gusto aquí, no veo ningún motivo para que se marche.

—    ¿Eso cree?

—    No veo por qué no podría quedarse. Me parece que a la señorita le agradaría mucho que lo hiciera.

El timbre de la mansión se hizo escuchar, salvándolo de contestar. Michel Ángelo se dirigió al portero eléctrico que había en una de las paredes.

—    Mansión Alderete-Hassan. ¿Quién es?

—    ¿Michel Ángelo? ¡Tanto tiempo, viejo amigo! Soy Pietro. ¿Me dejas entrar?

—    Oh, por supuesto.— dijo él con una gran sonrisa, presionando el botón para que se abrieran las puertas de entrada al jardín de la mansión.

—    ¿Es amigo suyo?— le preguntó Alejandro.

—    Oh, sí. Fue él quien hizo que yo comenzara a trabajar aquí.—cambió su expresión a una mucho más seria.— Deberías comportarte con él. Es el mejor amigo del señor Luis y además el padrino de la señorita Luciana.— añadió, dirigiéndose a las puertas de entrada de la mansión.

POST-SCRIPTUM I: La canción de hoy es Little by little, de Oasis. Si tienen ganas de traducir la letra, habla un poco de cómo se sentía Alejandro, preguntándose qué es lo que hacía ahí.

POST-SCRIPTUM II: Lamento el retraso, fue debido a que estoy enfermo de gripe. No es porcina, pero el dolor de cabeza es fatal. De todos modos, aún es viernes.

POST-SCRIPTUM III: Realmente les recomiendo leer los libros de David Eddings. La senda de la Profecía es el primero de los cinco volúmenes de las Crónicas de Belgarath. La continuación son las Crónicas de Mallorea, también cinco libros. Luego están las precuelas, Belgarath the Sorcerer, Polgara the Sorceress y The Rivan Codex, aunque solo se consiguen en inglés. Si quieren puedo mandárselos por e-mail.

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