002 – La mirada del callejero
LOS CUENTOS DEL INSTITUTO ARCÁNGEL:
Capítulo 002 – La mirada del callejero ~
“Quién no comprende una mirada, tampoco entenderá una larga explicación”
- Proverbio árabe.
— Te dije que soltaras el arma. ¿No escuchaste?— ordenó la voz de nuevo mientras la hoja de la navaja se presionaba un poco más contra la garganta del ladrón.
— ¿Quién eres?— dijo el tipo, pero sin apartar el arma de Luciana, aunque la mano le temblaba visiblemente.
— Eso no te importa. Tú eliges. Sueltas el arma o estás muerto. — el filo de la pequeña navaja estaba cada vez más cerca de abrir la piel del cuello del hombre. — Estoy cansándome de tener que esperar. — Añadió, al ver que el hombre no hacía lo ordenado.
El hombre se dio por vencido. Soltó el arma, pero la navaja no se apartó de su cuello.
— ¿Y ahora qué quieres? Ya solté el arma. Ahora déjame tú a mí.
— No. Primero dame el celular.
— ¿Q…qué celular?— dijo el ladrón intentando zafarse del agarre del que era prisionero.
De pronto, aquel “salvador” empujó al hombre y lo hizo chocar de frente contra la pared de una de las casas que había allí. El movimiento fue tan repentino que el hombre se golpeó el rostro y su nariz comenzó a sangrar.
— Te vi, le quitaste el celular, no te hagas el tonto conmigo. Ahora dámelo. También sería buena idea que le pidieras perdón a ella. — añadió, señalando a Luciana con un ligero movimiento de la cabeza.
Luciana aún estaba en estado de shock. Vio todo como si hubieran pasado una cinta de video en cámara lenta, cuadro por cuadro, ante sus ojos. Vio como la pistola caía y producía un ruido sordo al dar el mango con el piso. Vio como aquella persona que quería, al parecer, ayudarla, empujaba al hombre que la había asaltado; vio como este último se estrellaba con la pared; vio como su nariz se torcía y comenzaba a sangrar y la sangre manchaba la pared contra la que el hombre se había estrellado, y vio como la otra persona le retorcía el brazo al ladrón detrás de su espalda, sin apartar la navaja de la garganta del asaltante.
Con el movimiento de la pelea, Luciana pudo ver a quien había evitado que una bala le atravesara el cráneo. Era un joven de no más de dieciséis años, alto, de cabello negro y ojos marrones. Vestía jeans grises bastante gastados y una remera negra con una calavera. Tenía un par de cadenas colgando del cinto y una muñequera en la muñeca derecha. Pero lo que más le impactó de aquel chico fueron sus ojos. Aquellos ojos, como la navaja que sostenía su dueño, eran totalmente despiadados. Luciana nunca había visto antes aquella salvaje expresión en los ojos de ninguna otra persona.
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Luciana comenzaba a arrepentirse de no haberle hecho caso a León. Debería haberlo esperado. No le molestaba demasiado mojarse, pero se sentía de un humor extraño, melancólico. Caminaba por la acera de enfrente a la del parque, cuando pasó por el frente de un quiosco, uno de esos locales a los que sus amigas gustaban de llamar “antros de perdición”.
Era realmente un sitio deprimente. Las paredes, de mosaicos rojos y amarillos (“¿Rojo y amarillo? ¿A quién se le había ocurrido aquella espantosa combinación?”), estaban cubiertos de afiches publicitarios de diversos productos, o de lo que quedaba de afiches más antiguos. Las luces no iluminaban lo suficiente el interior del local; el aire del lugar estaba impregnado de olor a alcohol y a humo de cigarrillos. Y, además, para variar un poco, claro, se podía ver en su interior un par de televisores que transmitían algún partido de fútbol. Si es que a eso se le podía llamar transmisión, ya que las imágenes de ambos aparatos eran casi imposibles de distinguir por el efecto de lluvia de los televisores. De seguro habría que acomodar las antenas de ambos aparatos.
Un joven adolescente, de aproximadamente su misma edad, o quizás algo mayor, estaba sentado afuera del negocio, al lado de la puerta, en un pequeño y rudimentario banquito hecho de madera. A primera vista, no tenía nada de especial. Incluso ya lo había visto antes, algunas veces cuando salía de sus entrenamientos. Parecía uno de esos chicos callejeros, vestido con zapatillas, jeans grises y rotosos y una remera negra con el dibujo de una calavera blanca en el medio. Llevaba el cabello negro un poco largo, una muñequera en la mano derecha con el símbolo de alguna banda de rock que Luciana no pudo reconocer, y en la mano izquierda sostenía una botella de vidrio de Pepsi cola, que estaba llena hasta la mitad.
Cuando Luciana pasó a su lado, casi ni le prestó atención, apenas dirigiéndole una mirada. Pero entonces el chico se llevó la botellita a los labios, bebió un sorbo y la miró, directamente a los ojos, clavando los suyos propios en los de ella.
Fue algo extraño. Aquel cruce de miradas inquieto a Luciana. Aquellos ojos eran marrones, como tantos otros que había visto en su vida. Pero había algo diferente en ellos. Eran profunda y totalmente inexpugnables. Luciana se sintió totalmente incómoda ante aquella mirada, sintiendo que esos ojos podían penetrarla hasta llegar a lo más profundo de su ser.
El joven la había seguido con la vista hasta que ella estuvo a media cuadra de distancia. De eso estaba segura. Incluso mientras caminaba, luego de dejar a aquel extraño chico atrás, podía sentir su mirada clavada en la nuca.
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Luciana se quedó sorprendida al descubrir que aquel chico con el que se había cruzado antes, el de los ojos como murallas, y el que ahora tenía enfrente, el de los ojos sedientos de sangre, eran en realidad la misma persona. Cuando sus pensamientos se aclararon un poco, se dio cuenta de que el chico y el ladrón que la había asaltado estaban forcejeando, uno para dominar al otro, y el otro para liberarse del primero.
— Te pedí el celular que tienes en el bolsillo. — repetía el joven cuando Luciana se concentró en lo que pasaba al frente suyo. — Dámelo.
No le dio tiempo a que contestara. El joven retorció la muñeca de aquel hombre con brusquedad, lo que le produjo un aullido de dolor. El hombre extrajo entonces el celular de Luciana de su bolsillo y se lo extendió al joven, quien lo tomó con la mano que sujetaba la navaja. Error.
De pronto, aprovechando el breve instante de distracción de su adversario, ell hombre dio un codazo hacia atrás, el cual impactó de lleno en el estómago del muchacho. El joven se dobló en dos por el dolor, solo para recibir otro brutal golpe del hombre, esta vez en la espalda. El hombre se agachó para recoger la pistola que había soltado, pero fue detenido.
— No… eso no…— dijo aquel joven al empujar al hombre para que no alcanzara el arma.
El hombre trastabilló, en parte por el empujón y en parte por lo resbaloso que estaba el suelo por la lluvia caída, y acto seguido el joven le dio un puñetazo en el estómago, seguido de otro en el rostro. El hombre cayó de boca al piso. Su nariz seguía sangrando, y ahora tenía el labio hinchado y también sangraba. Hizo el intento de levantarse, pero descubrió que el joven estaba sentado sobre él, aprisionándole, con los pies sobre cada una de las manos del hombre.
— También te dije que le pidieras disculpas a la señorita.— le dijo.
— Cállate, mocoso de mier…
No pudo seguir hablando. El joven le había dado un golpe seco en la nuca con el canto de su mano y el hombre quedó inconsciente. Al cabo de unos instantes, el joven se incorporó y recogió el arma que estaba en el suelo. Se acercó entonces a Luciana.
Hay que decir que Luciana ya no estaba en estado de shock, pero en ningún momento durante la pelea se le había pasado por la cabeza huir de allí. Se había limitado a quedarse quieta, contemplando lo que ocurría. Sin embargo ahora, al ver que aquel joven recogía la pistola y se acercaba hacia ella, retrocedió un par de pasos mientras abrazaba su mochila, la cual había recuperado del suelo.
— Espera… no voy a hacerte nada. — dijo el joven acercándose aún más.— Me parece que esto es tuyo, ¿no?— sacó de su bolsillo el celular de Luciana y se lo tendió, quedando a tan sólo un par de pasos de ella.
— Sí. — dijo Luciana, algo sorprendida, cuando tomó el aparato de manos del joven. — Bueno… gracias, supongo….— realmente no sabía que más decir.
— ¿Estás bien?— dijo el joven.
— ¿Qué?— ahora estaba realmente confundida. Había pensado en tomar su celular rápidamente de las manos de aquel chico y luego salir corriendo de allí, pero esa pregunta la desconcertó.
— Que si estás bien. Si ese hijo de puta infeliz no te hizo nada.
— No, estoy bien…
Luciana lo miró a los ojos. Lo que vio la confundió aún más. Estaba segura de que había visto algo salvaje en esos ojos. Algo despiadado. Como si no fueran los ojos de un ser humano, como si fueran los ojos de algún ser que solo podía sentir odio y desprecio por los demás. Pero ahora eran totalmente diferentes. Ahora transmitían una calidez muy profunda e intensa. El joven parecía preocupado por ella.
— ¿Quién…? Digo, ¿cómo te llamas?
— ¿Qué? Eh, bueno, yo… yo me llamo Alejandro. — dijo él. Parecía algo confundido por la pregunta.
— Ah. Yo soy Luciana. Luciana Alderete Hassan. Muchas gracias por ayudarme.
— No, de nada. Estás un poco pálida. Ten. — dijo extrayendo un caramelo de su bolsillo. Ella lo tomó, pero aún así no lo comió.
— ¿Qué pasa? No es droga o algo así, es un caramelo común y corriente. Si no comes algo dulce, lo más probable es que te descompongas o te desmayes por el susto.
Luciana desenvolvió el dulce y se lo metió a la boca. Alejandro tenía razón, era un caramelo común y corriente, de los que te dan en los quioscos como vuelto. Sabía a manzana verde o algo así. No se sentía demasiado mal, pero sabía que sí estaba pálida. De seguro sus valores normales de azúcar en la sangre habían bajado como consecuencia del susto del asalto, por lo que al comerse aquel caramelo se sintió mucho mejor. Alejandro se agachó para recoger la funda del palo de hockey de Luciana que seguía en el suelo y se la entregó. Ella la tomó y se la colocó en la espalda.
— Bien, cuídate un poco más de ahora en adelante, ¿sí?— Alejandro se dio media vuelta y comenzó a caminar, alejándose.
— ¡Espera!— le gritó. Alejandro se dio la vuelta y la miró. — ¿Cómo puedo devolverte el favor?— le preguntó.
— ¿Qué? No hace falta.
— ¿Cómo que no? Acabas de salvarme la vida.
— En serio, no hace falta. — se dio la vuelta otra vez.
— ¡Espera…!
— ¿Qué?
— ¿No me acompañarías a casa?
— ¿Que qué?
Alejandro la miró. ¿Acaso se había vuelto loca? No, seguramente él debía haber oído mal o algo así. No podía pretender ella que él la acompañara a su casa. Ella parecía… bueno, de una posición económica bastante alta. Y él… Además no se conocían en lo absoluto. De seguro había oído mal.
— No estás pidiéndome que te acompañe a tu casa, ¿o sí?
— Sí, vamos. Acompáñame, puedes quedarte a cenar esta noche allí si quieres.
— No, en serio. Mira, yo mejor ya me voy.
— Vamos, yo todavía no cené. ¿Venís?
— No, te lo agradezco, de verdad. Pero no… Es decir, tus padres van a enojarse si llevas a un desconocido a comer a tu casa así como si nada.
— Mis papás están de viaje. Por ellos no te hagas problemas. ¿Vienes?
— ¿Cómo puedes invitarme así a cenar? Ni siquiera me conoces. De todos modos, ya cené. — era cierto, pero lo poco que había comido, un sándwich de jamón y queso y un poco de gaseosa no habían alcanzado para saciar su hambre.
— Nada más estoy invitándote a comer, ¿cuál es el problema? ¿Acaso no tienes hambre? No creo que hayas quedado satisfecho solamente con esa gaseosa que te vi tomando hace un rato.
— Sí, ya te dije que no tengo hambre. — mintió. Un curioso sonido resonó entre los dos.
“Mierda.” Pensó Alejandro. “¿Por qué a mí?”
— Ja, ¿ves que sí tenías hambre? Ahora vienes conmigo. —dijo; lo agarró del brazo y comenzó a tirar de él en dirección a su casa.
≈
Alejandro caminaba en silencio, al lado de aquella chica a la que acababa de conocer y que ahora lo guiaba, llevándolo a donde fuese que quedara su casa.
La chica —“Luciana”, se corrigió Alejandro mentalmente— propuso al cabo de cinco minutos que caminaran por el parque. Alejandro le obedeció y cruzó la calle sin emitir ningún sonido. Se preguntó qué hora sería ya. Según su estómago, era hora de cenar (era obvio que no podía engañarlo con un sándwich y un cuarto de litro de gaseosa), pero con el cielo aún cubierto de oscuros nubarrones era difícil saberlo con exactitud. Aún así debían ser casi las diez de la noche. Cuando ya hubieron caminado algo así como dos cuadras por el parque le dijo:
— ¿Estás segura de que quieres ir por el parque? A estas horas no hay nadie en la calle y menos en un día como hoy.
— Sí, segura. ¿Te molesta?
— No, a mí no. Pero últimamente hay muchos robos, más aún en el parque, ¿sabes?
— Sé como defenderme. — contestó ella.
— Sí, ya me di cuenta de eso hace un rato. — se burló.
— Bueno, pero hace un rato estaba sola. Además, ¿puedes ver a alguien más por aquí?
Era cierto, el parque estaba vacío hasta donde se podía observar. Además había comenzado a llover de nuevo, lo que disminuía las posibilidades de que apareciera un posible asaltante.
— Sí, yo. — dijo él — Ni siquiera me conoces. ¿Cómo sabes que puedes confiar en mí?
— Simplemente lo sé. — Él la miró incrédulo ante aquella respuesta. —Me salvaste recién ¿No es suficiente con eso?
No respondió. Se limitó a seguir caminando junto a ella.
— ¿Tú me harías algo?
Esa pregunta sí que lo tomó por sorpresa.
— No, nada. — contestó de inmediato.
— Entonces ¿cuál es el problema?
— Que no deberías invitar a cualquier callejero a comer a tu casa. No es muy… sensato que digamos.
— Creo haberte contestado eso antes, y no me gusta repetir las cosas. — le dijo ella con una sonrisa.
Habían llegado al final del parque, así que cruzaron la avenida que le ponía fin. Frente a ellos se extendía un barrio privado rodeado de altos muros de un aspecto bastante sólido. Caminaron dando un rodeo hasta llegar a la entrada del complejo de viviendas. Los muros que rodeaban al barrio privado eran blancos, al igual que las elaboradas rejas que les impedían el paso a Luciana y Alejandro. A través de las puertas de hierro se podían observar lujosas casas, la mayoría de dos plantas, todas rodeadas de amplios jardines, y con cercos de madera que las separaban de sus vecinos. El césped era verde, salpicado de gotas de lluvia y los caminos que conducían desde el camino principal a las puertas de entrada de cada casa eran de baldosas hechas de laja.
— ¿Vives aquí?— preguntó Alejandro, bastante intimidado.
— Sí. Este es el barrio Lirios Blancos. Es un barrio privado que fue recientemente construido ¿Entramos?— dijo Luciana, presionando el botón del timbre que había al lado de una de las puertas de hierro fundido.
Inmediatamente detrás del muro se podía ver una especie de puesto de vigilancia, del cual salió un hombre vestido con uniforme de guardia. Era bajito, de mirada suspicaz y llevaba el bigote tan prolijamente cortado que parecía habérselo afeitado utilizando una regla.
— Buenas noches, señorita Luciana. — saludó al verla. Sin embargo no abrió las puertas. Se quedó mirando a Alejandro de arriba a abajo, con ojos desconfiados, casi despectivos.
— Él está conmigo. — le dijo Luciana. Parecía haberle molestado la actitud de aquel guardia.
— Eh, señorita…
Alejandro se puso algo nervioso ante la reticente actitud de aquel guardia. Era de noche, y estaba seguro de que aquel hombre, a la distancia a la que se encontraba, no podía darse cuenta, pero si insistía en revisarlo, descubriría que Alejandro llevaba en su bolsillo el arma que había obtenido de manos de aquel ladrón. Alejandro sintió tensionarse sus músculos, conciente de que quizás en cualquier momento podría tener que salir corriendo de allí.
— ¿Quiere abrir las puertas de una vez?— Luciana miró con una frialdad increíble en sus ojos al guardia que les prohibía la entrada. — Por si no lo ha notado, estamos mojándonos.
— Pero…— el hombre volvió a mirar a Alejandro significativamente.
— ¿Algún problema? Es mi amigo. ¿Ya nos puede abrir las puertas? De lo contrario tendré que informar a mi padre de esto. — su tono era frío.
El hombre palideció visiblemente ante la sola mención del padre de Luciana. Alejandro pensó que su padre debía ser una persona bastante influyente.
— Como usted diga, señorita. Por favor esperen un momento, enseguida les abriré las puertas.
Se internó en la cabina de vigilancia. Al cabo de unos segundos, las pesadas puertas se abrieron automáticamente, permitiéndoles el paso. Ambos jóvenes ingresaron al country, mientras el guardia, aún suspicaz, pero acobardado ante la idea de enfrentarse al padre de Luciana, los seguía con la vista desde su puesto en la pequeña cabina de vigilancia. Una vez entraron, Alejandro se sintió bastante aliviado de que no lo hubieran revisado.
Una vez adentro y fuera de la vista del guardia, Luciana cambió su expresión por otra mucho más amigable. Alejandro, por su parte, estaba boquiabierto con cada casa que dejaban atrás conforme avanzaban por la avenida principal del barrio.
El barrio Lirios Blancos era, como Luciana había dicho anteriormente, un barrio privado diseñado exclusivamente para que sus residentes pudieran vivir tranquilamente sus vidas. Abarcaba más de diez manzanas de largo por diez de ancho, y estaba recorrido de un extremo al otro por una avenida principal, marcada en el suelo por baldosas de piedra. Pequeñas calles separaban unas casas de otras, y en cada esquina del barrio, un farol iluminaba la zona circundante. Tanto el suelo como el césped estaban totalmente mojados, mientras que la fría luz blanca de los faroles que se reflejaba en cada gota de agua del suelo le daba al paisaje un aspecto casi etéreo, como si estuviese cubierto por una extraña bruma. Junto a cada farol había unas enormes y blancas macetas de yeso, que contenían hermosas flores blancas, mientras que aquí y allá había algunos árboles jóvenes plantados en el terreno, algunos ficus y otros lapachos. El barrio entero estaba en completo silencio. Lo único que rompía el silencio era la suave música de fondo que ofrecía la fina lluvia al caer.
No todas las casas eran iguales, aunque la gran mayoría de ellas estaban pintadas de blanco, rodeadas por un pequeño jardín y una cerca de madera, lo que le daba un aspecto de uniformidad al barrio entero. Algunas casas estaban separadas entre sí por enormes setos, y se podía ver que casi todas ellas tenían una pileta de natación. Otras tenían grandes ventanales en sus frentes, y si bien la mayoría de ellas tenía las cortinas cerradas, en casi todas se podía observar luces encendidas, aunque no había nadie afuera de las casas además de Alejandro y Luciana, quienes seguían caminando por el barrio en busca de la casa de Luciana. Cada una de las casas que pasaban era más elegante y ostentosa que la anterior. Alejandro, por su parte, se sentía cada vez más insignificante, rodeado de tantos lujos y elegancia. Por fin, Luciana se detuvo frente a la puerta de las rejas que rodeaban una casa en particular.
— Esta es mi casa. ¿Entramos?— le sonrió a su nuevo amigo.
≈
[Post-Scriptum I: Capítulo dos. Dedicado a Andro, que cumplió años el pasado sábado 27 de febrero... y yo me enteré tarde >_<.]
[Post-Scriptum II: La canción del capítulo es Bendita tu luz, de Maná. La letra, aquí. Además, ese video de Naruto que encontré me encantó, Gaara es uno de mis personajes favoritos.]

ydukel dijo:
5 marzo 2010 a 8:31 AM
Primero de nuevo!!! jajaja… Cada vez me están gustando más los detalles que les estas agregando a los capis… En el otro capi no me había imaginado la hora exacta, pero ahora si me hice a la idea… 10 de la noche… mmm… es como que algo tarde para cenar no? =D
Aleh-kun dijo:
5 marzo 2010 a 3:32 PM
Pude ser, lo que pasa es que aquí en la Argentina se acostumbra cenar a esa hora… O más tarde. =P
Saludos y gracias por comentar.
A ♥ K
sófia dijo:
5 marzo 2010 a 4:33 PM
ahí en tucumán! porque acá a las nueve están todos re comendo..
Aleh-kun dijo:
5 marzo 2010 a 4:39 PM
Y bueno, no es mi culpa que los santafecinos tengan costumbres raras, jejeje.
A ♥ K
sófia dijo:
5 marzo 2010 a 4:35 PM
ta bueno
aunque allá se cena a esa hora.
acá a eso de las nueve ya todos comieron :S
besos
Aleh-kun dijo:
5 marzo 2010 a 4:39 PM
Aquí no. Yo sigo cenando de las diez y media en adelante.
A ♥ K
Andro dijo:
16 marzo 2010 a 9:17 AM
En serio??? Un capítulo para mí??? Woowww!!! Kun, muchísimas gracias.
No había tenido tiempo de leerlo, los detalles que le estas agregando a los capítulos, nos hace imaginar a la perfección el entorno que rodea a los personajes.
Muy buen capítulo. Seguiré leyendo.
De nuevo gracias por la dedicatoria.
Salu2!
Josh ♥ Andro
P.D. No se si ya comente anteriormente, pero la canción de maná me gusta mucho, tanto la letra como el ritmo.
Aleh-kun dijo:
16 marzo 2010 a 4:18 PM
De nada, pero para la próxima avísame. ¬¬
Jejeje.
A ♥ K