003 – En la Mansión Alderete Hassan
LOS CUENTOS DEL INSTITUTO ARCÁNGEL:
Capítulo 003 – En la Mansión Alderete Hassan~
“La riqueza consiste mucho más en el disfrute que en la posesión”
- Aristóteles.
El agua de la enorme piscina del Grand Oasis Hotel era cristalinamente transparente. El clima era espléndido, con el cielo despejado y salpicado de estrellas y una suave brisa fresca. La mayoría de los huéspedes que no estaban en la playa disfrutaban del agua de la piscina y de los tragos de sabores tropicales que los empleados del hotel servían en la fiesta que el encargado del hotel había organizado para aquella noche.
El sonido del chapuzón que acababa de darse el joven que había saltado del trampolín se expandió por todo el lugar, mientras aquel joven de cabello marrón y anchas espaldas salía a la superficie del agua para respirar. Luego de eso salió de la piscina y, tomando una toalla azul con el logo del hotel, se secó el rostro y se dirigió a la barra para disfrutar de un buen trago.
Al caminar rumbo a la barra, el joven, de veinte o veintiún años, pasó al lado de una reposera blanca en la que una jovencita descansaba. Era una joven menor que él, de unos dieciséis o diecisiete años. Su cabellera negra le llegaba hasta la cintura, y llevaba puesto tan solo un bikini de color rosa chicle. Disfrutaba de un batido de piña que tomaba de a sorbos. La chica levantó la vista cuando el joven pasó a su lado y por un instante sus miradas se cruzaron. El joven la miró de reojo, haciéndose el interesante, y ella también sonrió, divertida por la osadía de aquel joven.
Daniela Sotro estaba acostumbrada a que los hombres la miraran. Era aún bastante joven, pero muy bonita. No era demasiado alta, pero tanto el contraste que ofrecían su largo cabello negro y su tez blanca, como sus encantadores ojos oscuros la hacían muy atractiva. La misteriosa expresión de sus ojos y la pícara sonrisa de Daniela solía hechizar a los hombres que se le acercaban.
A pesar de que ahora estaba en México, Daniela había nacido en Argentina, más específicamente en Tucumán. Su padre era un importante empresario, dueño de numerosos hoteles en varios países de Latinoamérica. En vacaciones, Daniela solía hospedarse en algún hotel, e incluso había invitado dos o tres veces a sus amigas a quedarse con ella, cuando su padre lo permitía. Esta vez, Daniela había elegido quedarse en el Grand Oasis Hotel, en Cancún, su favorito. Desafortunadamente, ese año la cantidad de turistas había sido impresionante, por lo que el padre de Daniela no la había dejado invitar a sus amigas. Daniela tomó otro sorbo de su bebida y agarró el teléfono celular que se hallaba en el suelo, al lado de su reposera. Hacía bastante tiempo que no sabía nada de sus amigas de Tucumán y ya era hora de llamarlas. Buscó en su agenda “Luu! =)” y presionó el botón de llamada.
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La lujosa mansión que se encontraba ante ellos era de un blanco inmaculado. Se erguía allí, alta e imponente, con sus dos pisos de altura y sus magníficas puertas de roble tallado; los arcos esculpidos en sus paredes se alzaban nobles e impasibles, recordando a algunas construcciones árabes. Tal era el grado de perfección resultante de la combinación de la arquitectura moderna con el estilo oriental que el edificio tenía un aspecto atemporal, como si hubiera estado allí desde el inicio de los tiempos y fuese a permanecer en ese lugar hasta el día en el que el mundo se acabase. Estaba rodeada por de un parque con el césped verde, separada del resto del country por una pared de media altura con rejas pintadas de blanco. Hacia la derecha se podía observar un portón de hierro que daba a un camino que se internaba en el jardín de la mansión, hasta una estructura anexa que parecía cumplir la función de garaje. En el centro de las verjas, alineada con la entrada de la mansión, había una puerta de hierro, blanca también, que tenían en el centro unas elaboradas letras “A” y “H” entrelazadas.
Podían verse algunas luces en el interior de la casa, la mayoría de ellas en la planta baja. Mientras que en la planta superior no había ninguna luz prendida.
— ¿Ésta es tu casa?— murmuró Alejandro con incredulidad.
— Sí, ¿pasa algo?
— No… nada.
Luciana se acercó a las puertas e hizo sonar el timbre del portero eléctrico que había allí. Al cabo de unos minutos, una voz femenina le respondió.
— Residencia Alderete-Hassan. ¿En qué puedo servirle?
— Soy yo, Eliza: Luciana. Ah, y traje un amigo.— añadió mirando a Alejandro de reojo.
— De acuerdo. Pasa.
Las puertas de hierro se abrieron tal y como ya lo habían hecho las de entrada al barrio. Caminaron por el sendero que los conducía a la entrada de la mansión.
— ¿No me dijiste que tus viejos no estaban en casa?— preguntó él cuando estaban a mitad de camino de la entrada a la Mansión.
— Y es cierto. No están.
— Entonces, ¿quién te atendió?
— Eliza. Es mi… digamos que es mi niñera.
— ¿Tu niñera?— Era extraño que ella tuviese una niñera… No parecía tener menos de dieciséis años.
— Sí… Bueno, es el ama de llaves de e institutriz de mi casa, pero como mis padres viajan mucho, es ella quien se ocupa de cuidarme. Es como una tía… Como una segunda madre.
— Ah.
Luciana caminó un par de metros más y apoyó su mano en el pomo de la puerta. Cuando la abrió, Alejandro quedó asombrado.
— ¿Pasas? ¿O te quedas en el jardín?
— Eh, sí, claro. Paso…— balbuceó intentando cerrar la boca y adoptar una expresión menos estúpida en el rostro.
Habían entrado a lo que parecía el salón de la casa. La casa estaba construida en torno a una especie de patio central (en donde ellos estaban ahora), con una enorme fuente en el medio, de forma idéntica a las fuentes de Arabia. La fuente era blanca y contrastaba con el color naranja ladrillo de las paredes. El cristalino sonido del agua al caer transmitía una agradable sensación de paz y las gotas brillaban bajo la luz diurna, que penetraba en el lugar gracias a una especie de vitral en el techo de la mansión. Más allá de la fuente, una escalera de mármol conducía a la segunda planta de la casa; hacia la derecha, una abertura en forma de arco conducía al comedor, a juzgar por la larga mesa y las sillas de costosa madera lustrada que se podían ver, y hacia la izquierda, unas puertas de madera que permanecían cerradas. Al lado de las puertas por las que Alejandro y Luciana acababan de entrar se podía ver una pequeña mesa de patas cortas, y sobre ella había un Corán musulmán. Alrededor de la fuente, cuatro divanes lujosamente tapizados, con una gran cantidad de almohadones sobre ellos, todos blancos o de color naranja claro, con inscripciones en caracteres árabes bordadas con hilos rojos y dorados.
Una mujer de avanzada edad entró en el salón principal de la mansión. Era de estatura baja y complexión fornida. Llevaba el cabello entrecano recogido en un rodete, un vestido gris y zapatos de tacón ancho.
— Buenas noches, Luciana.— saludó con una sonrisa.— ¿Tu amigo es…?
— Él es Alejandro, Eliza. Ella es Eliza.— dijo volviéndose hacia él.
— Encantada de conocerte.— saludó Eliza con una sonrisa amable.
— Me alegro de conocerla, señora Eliza.— la saludó él. Por fin alguien que no lo miraba como si le diera asco.
— Puedes llamarme Eliza simplemente, al fin y al cabo, no soy tan mayor.— dijo ella con una cándida y elegante carcajada.— Pasen al comedor. Me imagino que tendrán hambre, así que en un momento les servirán la cena
— De acuerdo.— dijo Luciana, dejando sus cosas en uno de los sillones, y empujando a Alejandro hacia el comedor.
El comedor de la mansión era una estancia bastante espaciosa. Decorado también al estilo musulmán, con una enorme mesa y sillas bastante cómodas, el comedor tenía enormes ventanas que daban hacia el patio de la casa.
Un hombre alto y corpulento de rostro bonachón y uniforme blanco se acercó hacia Luciana y Alejandro, que estaban sentados a la mesa, con un carrito para llevar comida, de esos que se utilizan en los hoteles de categoría. El hombre los saludó y les sirvió el almuerzo. La entrada consistía en sopa de verduras y el primer plato en tallarines. A Alejandro le sorprendió que no fuera un plato árabe.
— ¿Estás segura de que me puedo quedar a cenar?
— Sí, no hay problema.— contestó Luciana.
— Muchas gracias.— murmuró Alejandro mientras el chef le servía la comida.
— No tiene que agradecerlo. Espero que la disfrute.— dijo el hombre con acento algo italiano.
— Michel Ángelo es nuestro chef. Viene de Italia. Mi papá lo conoció a través de mi padrino y lo contrató.—explicó Luciana mientras Michel Ángelo se alejaba hacia la cocina.
— Ya veo.
— ¿Pasa algo?— preguntó Luciana al ver que Alejandro no probaba la comida.— La comida de Michel Ángelo es deliciosa.
— No, nada…
— Entonces déjate de vueltas y come de una vez.
Alejandro probó la comida. La verdad es que hacía mucho tiempo que no comía algo tan delicioso. Tenía tanta hambre que hubiera acabado el plato enseguida, pero no estaba en su casa, recordó. Además no quería que ella pensaran que tenía malos modales. Que él viviera en la calle no significaba que fuese inculto, vulgar o que no tuviese modales. Además, vivir en la calle no tenía nada de malo, ¿o sí? Bueno, quizás él no tenía un celular costoso ni ropa de marca o una casa lujosa; es más, ni siquiera tenía una casa. Pero eso no lo hacía menos persona. De hecho, seguramente él valía mucho más que cualquiera de esos niños ricos. Mucho más que cualquiera de esos chetos que cada vez que lo maltrataban era sólo porque ellos tenían más dinero que él. ¿Qué derecho tenían a hacerlo? Ninguno de ellos había sentido nunca lo que él sentía cada vez que no podía comprar algo de comida por no tener dinero o lo que significaba sentir frío cada noche por no tener un abrigo para ponerse. No, ellos lo tenían todo fácil; todo servido en bandeja. Ellos nunca sabrían lo que era no tener un hogar, un lugar para pasar la noche. Él sí lo sabía. De hecho, lo sentía cada día de su miserable existencia.
Sin que Alejandro se diera cuenta de ello, una única lágrima rodó por su mejilla izquierda.
— ¿Pasa algo?— preguntó Luciana.
— ¿Qué? No, nada…
— ¿Estás seguro?
Alejandro asintió. Pensándolo bien, quizás no todos los chetos fueran tan malos. Después de todo, Luciana lo había invitado a cenar, y no en un restaurante cualquiera, sino en su propia casa.
— Sí. Gracias por invitarme a cenar.
— De nada. ¿Me esperas aquí? Voy al baño, ahora vuelvo.— salió de la estancia.
Cuando Luciana se dirigía al comedor, luego de salir del baño, se percató de que Alejandro ya no estaba en el comedor, sino en el salón principal de la casa.
— ¿Qué pasa?
— Nada, es que ya debo irme.
— ¿Te vas?
— Sí, tengo un par de cosas que hacer.
No le respondió, pero luego Alejandro pudo ver como una sombra de sospecha cruzaba su rostro.
— Dime, ¿tienes dónde dormir esta noche?
Hubo una larga pausa entre ellos.
— Dime la verdad.
— Bueno, la verdad no.
— Entonces te quedarás aquí a pasar la noche. Voy a avisarle a Eliza, así prepara uno de los cuartos de huéspedes.
— No hace falta, de verdad tengo que irme.
— ¿Y dónde vas a dormir?
— No sé, ya conseguiré algún sitio. De todos modos, siempre puedo quedarme en el parque.
— Sigue lloviendo.— le advirtió ella.
— ¿Y?
— Que vas a quedarte aquí.
— No hace falta.
— Sí hace falta.
— ¿Te gusta contradecirme?— le sonrió.
— Sí.— le sacó la lengua, en un gesto un tanto infantil
No le gustaba nada estar aprovechándose de su hospitalidad, pero él no le había pedido nada, ¿o sí? No, ella lo había invitado… mejor dicho, había decidido que él se quedaría a pasar la noche en la casa. Ahora que lo pensaba bien, una cómoda cama en la que dormir no le vendría nada mal.
— ¿De verdad puedo quedarme esta noche?— preguntó con un poco de timidez.
— Ya era hora de que dejaras de hacerte el de rogar.
— Gracias.
Luciana ya se había dado cuenta de que Alejandro no sonreía demasiado, pero la sonrisa que vio en su rostro en ese momento hablaba por si sola.
≈
Eran las cuatro de la mañana de aquel domingo. Si bien la lluvia había cesado, había comenzado a caer nuevamente, y ahora se había convertido en una verdadera tormenta. El ruido del agua al caer impactando sobre los cristales de la ventana de la habitación, provocaba un verdadero estrépito. Pero no era eso lo que no lo dejaba dormir. Alejandro estaba tendido en la cama sin poder conciliar el sueño.
Luciana le había mostrado la planta alta de la mansión; las paredes estaban pintadas de un anaranjado claro, cercano al color durazno, y había en total nueve habitaciones. La más grande era la de los padres de Luciana, luego estaba la de ella y las dos habitaciones vacías que servían para alojar a los ocasionales huéspedes de la mansión, en una de las cuales estaba él ahora. Las restantes eran las habitaciones de servicio: las de Eliza y Michel Ángelo, a quienes Alejandro ya conocía, las de las dos mucamas y la de el chofer.
En resumen, Luciana le había mostrado la planta alta de la casa, pera luego ordenarle que tomara un baño. ¡Que reconfortante había sido tomar aquel baño caliente! Luego ella lo había llevado a aquella habitación.
La habitación era espaciosa. Las paredes estaban pintadas de blanco y estaba bien amueblada. La cama estaba colocada en una esquina de la habitación. Había también un escritorio y una silla, un armario y una repisa con algunos libros. El cuarto tenía su propio aire acondicionado y un calefactor eléctrico, y ocupando toda una pared, había un gran ventanal con un pequeño barandal que daba al patio trasero de la casa.
El reloj que estaba en la pared indicaba que eran ya las cuatro y veinte minutos de la mañana. Alejandro decidió que definitivamente no podría dormirse, y se levantó.
Examinó los libros que había en la repisa; los títulos en sí no tenían nada que ver los unos con los otros. Se trataban de El nombre de la rosa y El péndulo de Focault de Umberto Eco, Romeo y Julieta de William Shakespeare, La historia interminable de Michael Ende y La historia de Lisey, de Stephen King. Alejandro ya los había leído todos. A pesar de que a simple vista podía parecer un callejero más, realmente le gustaba leer. Era socio de un par de bibliotecas de la ciudad, y solía pasar bastante tiempo allí. Nunca se había puesto a reflexionar sobre porque le gustaban tanto los libros, pero ahora que se detenía a pensarlo, supuso que era una forma de distraerse de la dura realidad que le tocaba vivir.
Decidió que bajaría al salón principal; realmente necesitaba estirar las piernas. Salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado de no hacer demasiado ruido. Se encaminó a la escalera que conducía a la planta baja y fue bajando uno por uno los escalones de mármol. La fuente emitía un murmullo tranquilizador, pero excepto por ella, todo estaba en silencio. Terminó de bajar la escalera y dio un par de vueltas alrededor de la estancia, hasta que por fin se sentó en uno de los divanes que había allí, hundiéndose en los almohadones. El murmullo del agua al caer comenzó a amodorrarlo, hasta que por fin cayó dormido.
≈
Dos horas más tarde, una voz lo despertó bruscamente.
— Buscando algo que robar, ¿eh?
Era un hombre joven, de poco más de veinte años. Tenía la tez bronceada, cabello castaño algo despeinado como mandaba la moda y sus ojos eran marrones oscuros, casi negros. Vestía traje negro, camisa blanca y una corbata de color gris oscuro.
Alejandro tardó unos minutos en comprender que se dirigía a él. La clara luz del alba llenaba la habitación. ¿Lo había llamado ladrón? Él podía ser muchas cosas, pero nunca un ladrón.
— No soy un ladrón.— le dijo con voz grave, sentándose en el diván. Lo estaba mirando con tanto desprecio que Alejandro no vio ningún problema en mirarlo de igual forma.
— Mira, pendejo, a mí no me engañas. Te vas ahora mismo de la mansión.
— De acuerdo, pero antes vas a retractarte de haberme llamado ladrón.
— No voy a gastar mi saliva en eso. Odio hablar con basuras como tú.
— Entonces me quedo aquí.— dijo en el tono más irritante que pudo.
Los dos se miraban con odio. Casi se podían ver las chispas que sus ojos emitían.
— Te dije que te fueras.
— Ni loco.— metió las manos en los bolsillos.
— Te vas ahora.— lo agarró del cuello de la remera.
Alejandro ya había estado en la misma situación un par de veces, así que trató de aparentar indiferencia y de irritarlo aún más. Ni siquiera se molestó en sacar las manos de los bolsillos.
— Te vas de aquí ahora. Te quiero lejos de la señorita Luciana.
— Yo de aquí no me voy.— y al decir eso, el hombre levantó su puño para golpearlo.
— Suéltalo, León.— dijo Luciana desde la cima de la escalera.
Al ver a Luciana, León soltó el cuello de la remera de Alejandro, pero no se apartó ni un centímetro de él.— Discúlpate con él.
— Pero, señorita…
— Nada de peros. Mejor vete de una vez si no vas a disculparte. Puedes tomarte el día libre, quizás así te calmes un poco.
León no dijo nada. Se dio la vuelta y se dirigió al comedor, herido en su orgullo. Al cabo de un momento, desapareció de la vista. Luciana terminó de bajar la escalera y se acercó a Alejandro, quien se había vuelto a sentar en el diván y tenía la mirada algo triste.
— ¿Estás bien? Te pido que disculpes a León. Es algo impulsivo, pero nunca antes había sido tan grosero. No suele ser así.
— No importa. Está bien.— murmuró.
≈
León se revolvió, inquieto, tumbado en la cama que había en su habitación. Se restregó los ojos con los puños mientras intentaba suprimir las desbocadas emociones que lo embargaban. ¿Acaso no podría llevar nunca una vida normal y tranquila? Parecía que no. Su pasado lo atormentaba cada noche, aunque ya estaba prácticamente acostumbrado a ello. Pero ya no eran sólo las pesadillas. No. Ya no eran sólo los fantasmas de su pasado, vanos recuerdos insustanciales que sólo podían dañarlo en sus sueños. Ahora sus peores temores habían tomado forma física para atormentarlo. Y acababa de verlos con sus propios ojos.
Tenía que hacer algo. Tenía que hacer algo para alejarlos de su vida. Y tenía que hacerlo ahora. No despiertes a los muertos del pasado, no sea que caminen entre los vivos y los devoren. León no podía recordar quién le había dicho aquella frase. Pero, quien fuera que hubiese sido, tenía razón. Él no había despertado a su pasado dormido. Aquellos fantasmas lo habían encontrado a él. Pero él iba a enterrarlos. De una vez y para siempre.
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[Post-Scriptum I: La canción es Fabulous, de High School Musical. Ya sé que es la segunda canción de High School Musical que pongo. Al menos son canciones felices... por ahora. La letra, aquí.]
[Post-Scriptum II: Espero que los saltos temporo-espaciales y los cambios de prespectiva que hago entre los diferentes personajes no les resulten demasiado complicados. Intento que se noten con claridad, pero si tienen alguna duda, pregunten en un comentario.]
[Post-Scriptum III: Dedicado a Luciana. Hoy volvimos a clases... >_< .]

ydukel dijo:
9 marzo 2010 a 12:19 AM
Hola de nuevo… ^.^ todo va bien con el blog… no me quedo muy claro que color pinta Daniela Sotro en este capi pues no le encontre mucho sentido… seria bueno que lo aclararas para evitar confusiones posteriores… de todas formas… buen capi… sigue asi… un abrazo =D
Aleh-kun dijo:
9 marzo 2010 a 9:55 PM
Espera a la próxima semana y vas a entender lo de Daniela, jeje.
Me alegro de que te gustara. Otro abrazo para ti.
A ♥ K
sófia dijo:
9 marzo 2010 a 9:15 PM
hola. bien como siempre
jajaja. a falta de otra cosa..
nos vamos
(quien es K!!)
Aleh-kun dijo:
9 marzo 2010 a 9:56 PM
Para la próxima un comentario más largo, ¿querés? jejeje.
(No te voy a decir. ¬¬)
A ♥ K
Andro dijo:
16 marzo 2010 a 10:04 AM
Capítulos largos e interesantes. No recuerdo esa parte de Daniela en la otra versión.
Wathever!
Como describiste a Daniela me pareció que es una chica muy linda.
Por lo visto sófia te conoce, y si ella no sabe quién es K, eso quiere decir que es un nombre oculto o un sobrenombre, aja-ja, te voy a descubrir, jejeje. Broma. Es una incógnica que quisiera descubrir, jejeje.
Salu2!
Josh ♥ Andro
Aleh-kun dijo:
16 marzo 2010 a 4:24 PM
No estaba en el capítulo piloto, pero la agregué para describir a Daniela. Sí, es muy linda, tanto la real como la ficticia.
Sofía (o Sófia, como ella escribe su nick), es mi prima hermana, aunque no vive en la misma provincia que yo. Te deseo suerte para averiguar quién es, jeje. Quizás deberías hablar con Aura. También quiere saber quién es. =D
No les voy a dar ninguna pista, claro. Pero sería muy interesante que intenten averiguar quién es. ñ_ñ
XD!
A ♥ K