004 – Paso a paso

12 marzo 2010 at 12:09 AM (Cuentos del Instituto Arcángel)

LOS CUENTOS DEL INSTITUTO ARCÁNGEL:

Capítulo 004 – Paso a paso~


“Un viaje de mil millas comienza con el primer paso”

- Lao Tsé.

—    ¿Estás bien? Te pido que disculpes a León. Es algo impulsivo, pero nunca antes había sido tan grosero. No suele ser así.— Luciana se disculpó por la actitud de su chofer.

—    No importa. Está bien.— murmuró.— Ya estoy acostumbrado a ese tipo de cosas.

—    Ya veo.— Hubo una pausa larga y muy incómoda.— ¿Puedo preguntarte algo? Si no quieres no tienes que contestarme.— dijo sentándose en el diván, al lado de Alejandro

—    Hazlo.

—    ¿No tienes familia?

—    No.

Hubo otra pausa, pero esta vez más corta. Luciana pareció querer preguntar algo más, pero en ese momento, Eliza entró al salón y los saludó con una sonrisa.

—    Luciana, Florencia llamó por teléfono hace unos momentos. Me pidió que te dijera que pasaría a buscarte en un par de horas.— informó.

—    Está bien, Eliza. Muchas gracias por avisarme.

—    No hay por qué. Ahora discúlpenme, debo ir a regar las gardenias o van a marchitarse.— les obsequió otra sonrisa gentil y salió rumbo a la cocina

Luciana volvió a mirar a Alejandro. Parecía querer preguntar algo, pero no se animaba o no encontraba las palabras adecuadas.

—    ¿Qué querías preguntarme?— le dijo él, intentando ayudarla.

—    Es que… me dijiste que no tienes familiares. ¿Eso quiere decir que viviste toda tu vida en la calle?

—    No. Cuando era pequeño me abandonaron en un orfanato, y estuve allí hasta los once.

—    Lo siento.— dijo Luciana.— Yo… no quería molestarte con esa pregunta.

—    Mi infancia no fue muy agradable que digamos, pero no me molesta hablar de ella.

—    Mejor cambiamos de tema, ¿te parece? Cuéntame algo sobre ti. Como las cosas que te gustan hacer o tu comida favorita.

—    Mi comida favorita es la pizza, aunque no tengo un menú muy variado a la hora de comer.

—    También me gusta la pizza.— sonrió ella.

—    Creía que los ricos no comían pizza.— dijo Alejandro, burlándose de ella con una pequeña y tímida sonrisa.

—    No.— dijo ella siguiéndole el juego.— Sólo comemos langostas y caviar, pero de vez en cuando, me gusta jugar a ser una persona normal. ¿Tienes algún hobbie?

—    Me gusta dibujar y leer. Es lo que hago cuando no estoy repartiendo volantes o algo así para ganar un poco de dinero. También me gusta rescatar hermosas damiselas en peligro. Pero últimamente no hay muchas damiselas, así que pensaba en cambiar de pasatiempo.

—    ¿Te gusta leer?

—    Sí. No lo parece, ¿no?

—    No.— pareció ocurrírsele algo.— Ven conmigo.— dijo, tomándolo de la mano.

Alejandro nunca supo cómo cruzó la mitad del salón sin darse cuenta de ello. Quizás tuvo algo que ver con el hecho de haber sentido el contacto de la delicada mano de Luciana con la suya.

—    Esta es la biblioteca.— le dijo, abriendo la puerta de la izquierda del salón y conduciéndolo al interior de la estancia.

Era una sala iluminada y espaciosa, casi tan grande como el comedor. Las paredes estaban repletas de estantes llenos de libros de todo tipo; desde la Biblia cristiana hasta Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carrol. Había un par de cómodos sillones y una puerta en una de las paredes con una placa de bronce que rezaba “Dr. Luis Alderete”.

Alejandro se dedicó a examinar los libros. Estaban organizados según su temática. De pronto se sorprendió pensando que había muchos que ya había leído, pero así también otros tantos que le gustaría leer. Especialmente los de fantasy o las novelas históricas.

—    ¿Tu padre es profesor?

—    No, abogado. ¿Por qué lo preguntas?

—    En la placa dice “doctor”, pensé que sería médico. Pero no hay muchos libros de medicina, en cambio sí varias novelas históricas.

—    A papá le gusta leer libros de fantasy, como El Señor de los Anillos. Dice que le gusta poder distraerse de su trabajo de vez en cuando. Si quieres leer alguno no hay problema, pero no sé que tipo de libros te gustan.

—    ¿Te molesta si me quedo aquí por un rato? No voy a robar nada, a diferencia de lo que tu chofer cree.

—    Yo nunca dije que fueras un ladrón. Puedes quedarte el tiempo que quieras.

—    Me voy a quedar un rato.— eligió La senda de la Profecía de David Eddings de uno de los estantes y se sentó en uno de los sillones.

—    Bien. Yo tengo que hacer un par de cosas antes de que Florencia llegue. León ya no está en la casa, así que no va a molestarte. Cualquier cosa que necesites pídesela a Eliza o a Michel Ángelo. Él suele estar en la cocina, así que si tienes hambre deberías darte una vuelta por ahí.

—    Gracias. De verdad.

—    No es nada.— Sonrió y salió de la habitación.

Cuando Alejandro se dio cuenta, hacían ya dos horas desde que había comenzado a leer. Había terminado el libro que estaba leyendo, así que lo dejó en su lugar en la biblioteca de una de las paredes. En ese momento, Luciana entró a la estancia.

—    Ven, quiero que conozcas a alguien.

—    Está bien.

Salieron de la biblioteca. En el salón principal de la Mansión, una chica de la misma edad que Luciana estaba sentada en el mismo diván en el que Alejandro se había quedado dormido en la noche. Era un poco más baja que ella, pero tenía un rostro alegre y una hermosa sonrisa. Vestía ropas costosas y llevaba su celular en una mano, así como un bolso rojo en la otra.

—    Bien, los presento.— dijo Luciana. Alejandro solía sentirse incómodo en aquel tipo de situaciones, pero por algún motivo, esta vez no lo hizo.— Ale, ella es Florencia, es mi mejor amiga desde que éramos pequeñas. Floppy, él es Alejandro, mi nuevo amigo, y aunque acabo de conocerlo, es casi un hermano para mí. Ya te hablé de él anoche.

“¿Desde cuándo tiene tanta confianza como para llamarme ‘Ale’?” pensó él. “Bueno, al menos no dijo nada sobre lo del robo… creo”

—    Sí, lo recuerdo.— le contestó a Luciana. Luego se dirigió a Alejandro.— Hola, soy Florencia González. Quiero ser farmacéutica, me dan miedo los terremotos y me gustan los chicos pelirrojos.— sonrió.

—    Ah, sí, claro… Eh, yo soy Alejandro.— dijo algo desconcertado por la presentación de Florencia.

—    Un placer conocerte.— dijo Florencia.

Alejandro la observó un par de segundos. Florencia parecía una buena chica. Algo ingenua, pero eso no era algo malo. Aunque, pensándolo bien, cualquier persona promedio era ingenua comparada con él. En la calle sólo conseguías sobrevivir siendo más astuto que los demás, allí prevalecía la ley del más fuerte. Y pensó, con algo de orgullo, que había que ser bastante astuto para superarlo.

Luciana lo interrumpió en sus pensamientos.

—    Ale, Flor y yo vamos a tomar algo a una confitería en el parque. ¿Vienes?

—    No tengo nada mejor que hacer.— le respondió él. Aunque en verdad no tenía muchos deseos de ir, y sentía que ya le debía demasiado a Luciana como para agregar algo más a la lista, por algún motivo que ignoraba no quería separarse de ella.

—    Bien. En ese caso, voy a cambiarme de ropa.— le dijo Luciana, pero dio dos pasos y se detuvo. Giró sobre sus talones y lo miró de arriba abajo— Tú deberías hacer lo mismo, ¿no crees?

—    Eh, yo no tengo más ropa que esta.— carraspeó.

—    Es cierto, lo había olvidado. Bueno, no importa. Ve a bañarte y yo veré si te puedo conseguir algo de ropa.— dijo ella y se marchó escaleras arriba, con Florencia tras de ella.

Alejandro no tenía idea de de dónde podía Luciana sacar algo de ropa que a él le quedara bien, pero aún así volvió a la habitación de la Mansión que Luciana le había asignado la noche anterior y sacó una toalla blanca del armario. Se encaminó al baño, pero justo a tiempo recordó que Luciana debía estar bañándose allí, y no quería que ella pensara que era un pervertido o algo así, por lo que volvió a bajar las escaleras y se dirigió al otro baño de la Mansión, situado en la planta baja, cerca de la cocina. Creyó que vería a Michel Ángelo o a Eliza, pero no se cruzó con nadie, así que simplemente entró al baño.

El baño de la planta baja de la Mansión no era muy diferente al que había en la planta alta, pero sí un poco más chico, por lo que Alejandro supuso que estaría destinado al personal de servicio de la casa. Además del tamaño, no notó ninguna diferencia sustancial. Abrió el grifo del agua y dejó que la bañera se llenara un poco, mientras él se desvestía. Una vez hecho esto, se sumergió en la bañera y se quedó inmóvil y con los ojos cerrados por unos segundos, dejando que el agua relajara cada parte de su cuerpo. Pensó que podría acostumbrarse a aquello. Luego comenzó a enjabonar su cuerpo mientras el vapor se arremolinaba a su alrededor. Cuando salió de la bañera, al cabo de unos diez o quince minutos, dejó escurrir un poco el agua por su cuerpo; luego terminó de secarse y envolvió su cintura con la toalla. Antes de salir del baño se miró en el espejo y decidió que debía afeitarse, así que lo hizo. Luego volvió a su habitación, asegurándose de no dejar el piso mojado a su paso, y agradeciendo no haberse cruzado con alguien por el camino.

—    ¿Ya puedo pasar?— se oyó la voz de Luciana desde el otro lado de la puerta.

—    Eh, sí, claro. Pasa.— dijo Alejandro, algo incómodo.

Cuando había entrado a su cuarto se había encontrado con que Luciana le había dejado algo de ropa sobre la cama. Un vaquero celeste y una camisa blanca, además de un bóxer, un par de medias blancas de algodón, un frasco de desodorante y unos mocasines marrones al pie de la cama. Alejandro no tenía la más mínima idea de cómo, pero por lo visto, Luciana se las había ingeniado para conseguir todo aquello en menos de quince minutos. Aquello no dejaba de sorprenderlo.

Luciana abrió la puerta y entró en la habitación. Llevaba puestos unos jeans ajustados y una musculosa de color rosa no muy fuerte, así como un delicado saco de hilo blanco y zapatillas también blancas.

—    Vaya, te ves muy bien.— le dijo ella.

—    Gracias. Tú también estás muy… muy linda.— ¿por qué demonios estaba tartamudeando?

—    Sólo un par de pequeños arreglos.— dijo ella y se acercó a él. El dulce aroma de su cabello lo embriagó. Luciana le desprendió los dos primeros botones del cuello de la camisa y le despeinó un poco el cabello.— Listo. ¿Vamos?

—    De acuerdo.— debió recurrir a todo su autocontrol para dejar de tartamudear.

Salieron de la habitación, atravesaron el pasillo y bajaron las escaleras. Florencia los estaba esperando en el salón, al lado de las puertas de entrada. Cuando llegaron a donde estaba ella, se les unió con una sonrisa y los tres salieron de la Mansión.

—    Luciana me contó que la salvaste de un ladrón.— dijo Florencia con una chispa de admiración en sus ojos.

—    Sí.— contestó Alejandro.

Luciana les prestaba atención sólo a medias, mientras hablaba con un camarero que tomaba su orden y apuntaba en un pequeño anotador sus pedidos. Cuando el camarero se alejó, Luciana se concentró en la conversación que mantenían sus amigos.

—    Pero no has vivido toda tu vida en la calle, ¿o sí?— preguntaba Florencia.

—    No. Cuando nací me abandonaron en un orfanato. Estuve allí hasta los once años.

—    Está bien. — contestó Florencia— Discúlpame si te incomodó la pregunta que te hice. Sólo tenía curiosidad.

—    No te preocupes. No me molesta hablar de estas cosas.

—    ¿Luego pasaste al Roca?— preguntó Luciana, aunque nunca supo por qué lo hizo. De inmediato, se arrepintió de su pregunta.

Cuando los menores de edad que vivían en algún orfanato o en la Sala Cuna, cumplían doce años y no eran adoptados o recogidos por algún familiar lejano, eran trasladados al Instituto para Menores Julio Argentino Roca. El problema con “el Roca” era que más que un instituto para menores sin familia era una especie de prisión para menores de edad. Todos los drogadictos, delincuentes y alcohólicos de entre doce y dieciocho años de edad iban a parar allí.

—    No. Me escapé del orfanato y entonces comencé a vivir en la calle.

Luciana se percató de que Florencia quería preguntarle algo a Alejandro, así que le dio un disimulado codazo en las costillas. No quería que Alejandro se incomodara más de lo que ya debía estar si le hacían alguna otra pregunta sobre su pasado. Alejandro pareció darse cuenta de lo que Luciana estaba pensando, porque le dijo:

—    Si quieren preguntarme alguna otra cosa, háganlo. No me molesta hablar sobre mi vida.

Luciana intercambió una mirada con Florencia. Florencia entonces tomó algo de valor y se animó a hacer otra pregunta.

—    ¿Por qué te escapaste?

En ese momento, un camarero se acercó a su mesa portando una bandeja plateada con los desayunos que Luciana había pedido. Alejandro bajó la mirada y no dijo nada mientras el mozo les servía, pero tampoco habló por un rato luego de que el camarero se hubiera alejado de la mesa a la que estaban. Sin mirarlas a los ojos, el joven tomó un pequeño sorbo de su taza y comenzó a hablar en apenas un susurro.

—    Ambrosio Martínez.— dijo, y clavó la mirada en los sobres de azúcar que el mozo había dejado sobre la mesa.— Ese era el nombre del dueño del orfanato. Pero nosotros, los demás huérfanos y yo, lo conocíamos como “el Diablo”. Para nosotros, él era el demonio en persona, y aquel lugar era el mismo infierno. No era el tipo de lugar que a ustedes les agradaría conocer, eso pueden apostarlo.

—    ¿“El Diablo”?— preguntó Luciana.

—    Digamos que era más una especie de reformatorio que un orfanato. Incluso peor que el Roca. Martínez se aseguraba de mantenernos con vida, pero poco más que eso. Claro que si no nos dejaba morir, no era porque fuera una persona demasiado altruista. Ni siquiera era para no tener problemas con la ley, sino porque no le convenía que nos muriésemos. Pero tampoco hacía gran cosa por nosotros. Teníamos una sola comida diaria, y los golpes y castigos eran moneda corriente.

—    ¿Los golpeaban?— Florencia parecía impresionada.

—    Si tenías suerte, sólo eran golpes con la mano, cuando venían de alguno de los otros dos encargados. El Diablo, en cambio, prefería el látigo. Normalmente los castigos eran por fallas en el trabajo. Todavía tengo un par de cicatrices en la espalda, pero por suerte a mí me tocó el látigo sólo una vez.

—    ¿Los hacían trabajar?— Luciana se dio cuenta de que la expresión de Florencia mientras hablaba había pasado de la sorpresa a la indignación total, notablemente visible en su rostro.

—    Sé que al principio el Diablo hacía que los chicos salieran de noche a mendigar o robar. Pero de noche no había mucha gente y era peligroso que alguien los viera entrar al orfanato luego de algún robo. Entonces armó una especie de taller en el sótano del orfanato. Allí nos hacía trabajar, hacíamos copias falsas de juguetes caros. Después, de alguna forma, él las metía al mercado negro. Por eso le convenía mantenernos vivos, porque de esa forma ganábamos dinero para él.

—    ¿Y luego qué pasó?— preguntó Luciana, antes de que Florencia pudiese decir algo.

—    Me escapé poco después de cumplir los diez. Estuve planeándolo durante meses, hasta que al final conseguí robar la llave de la puerta de entrada.— confesó— Luego comencé a vivir en la calle.

Florencia parecía querer preguntar algo más, pero Luciana fue más rápida, y le hizo una seña a un mozo para que le llevara la cuenta. Florencia pareció entender el mensaje implícito que Luciana le daba, porque no dijo nada.

Alejandro se sintió en parte bastante aliviado por ello. No le disgustaba hablar de su infancia, pero una cosa era contar su historia, y tener que recordarla era otra muy diferente. Había ciertas cosas que no podía poner en palabras para explicarlas. El frío de aquella primera noche durmiendo en la calle; el dolor y la protesta de su rugiente y vacío estómago; la desesperación de saber que no tenía nadie en aquel cruel y despiadado mundo. Esas eran cosas que no podían entenderse sin haberlas sufrido antes.

León llamó a la puerta y aguardó. Dio un vistazo a su alrededor. El lugar era deprimente. Las paredes estaban descascaradas y manchadas de humedad, y en algunos sitios los ladrillos que conformaban el esqueleto de la pared eran visibles. La puerta estaba llena de nombres tallados y de arañazos y rasguños. El piso estaba muy sucio, y la luz del pasillo apenas alumbraba un poco.

—    Es casi como volver a casa.— bufó, irónico y con un deje de desprecio en su voz.

La puerta se abrió un poco, dejando pasar una rendija de luz al pasillo en penumbras. León pudo observar que la puerta tenía puesta una cadena de seguridad por dentro, para evitar que la puerta se abriera más de lo absolutamente imprescindible.

—    ¿Quién es?— preguntó una voz suspicaz desde el interior de la habitación. Aunque León no podía ver al hombre que estaba tras aquella puerta, sí pudo reconocer su voz.

—    León.— la puerta comenzó a cerrarse, pero León la trabó con un pie.— Busco a un tal Maximiliano. Se supone que vive aquí.

—    No… No sé de quién habla. Aquí no vive ningún…

—    Oh, basta ya de esto. Déjame entrar, Arbolito.— dijo León, algo molesto.

La puerta se cerró un instante y luego volvió  a abrirse, pero esta vez se abrió completamente. Cuando León entró a la no menos mugrienta habitación, un joven alto, menor que él, de cabello pelirrojo y algunas pecas en el rostro lo miró con una impresión de incredulidad.

—    Necesito información.— dijo León— Y sé que tú puedes conseguirla.

—    ¿Pasa algo?— preguntó Alejandro, al ver que Luciana estaba algo pensativa.

—    No, no es nada.— dijo ella, distraídamente.

Alejandro no replicó, sólo se limitó a seguir caminando por la vereda del parque junto a ella, de regreso a la Mansión.

—    Es sólo que… Me quedé pensando en tu historia.— susurró ella, al cabo de un momento.

Alejandro se detuvo y la miró, pero no le dijo nada.

—    Lo siento.— se disculpó ella.

—    No te preocupes.— no iban a llegar a ningún lado con eso, así que decidió cambiar de tema.— ¿Cómo conseguiste toda esta ropa tan rápidamente?— fue lo primero que se le vino a la mente.

—    La camisa es de mi papá. Y lo demás lo saqué del armario de León, aprovechando que no estaba en casa.

—    No debiste hacerlo.— dijo Alejandro, recordando a León.— Va a enfadarse cuando se entere.

—    No tiene por qué enterarse. Pero tienes razón, si lo hace se enfadará.— pensó un instante— Tiene el día libre, así que esta tarde tendremos que salir a conseguirte algo de ropa. Por lo menos, tres o cuatro mudas.

Alejandro se detuvo del todo.

—    ¿Qué quieres qué?— preguntó atónito.

—    Lo que escuchaste. Esta tarde iremos de compras.— dijo ella con una sonrisa.

Eran como las seis de la tarde cuando Alejandro entró a su habitación en la Mansión, cargado con varias bolsas de ropa nueva que Luciana había comprado. Luciana había tenido que volver a salir, así que Alejandro se había quedado solo en la Mansión. Bueno, no estaba solo, pero apenas conocía a nadie.

Atravesó el salón principal y el comedor y entró a la cocina. Era un lugar limpio y ordenado, como las cocinas de los programas de cocina de la televisión. Michel Ángelo estaba sentado en una silla, leyendo un libro sobre cocina oriental.

Alejandro sentía la necesidad de hablar con alguien. De hecho, se sentía completamente desorientado. De un día para el otro, su vida había cambiado completamente. Ya ni siquiera estaba muy seguro de quién era él mismo. Además… No sabía que hacer. Luciana quería que él se quedara a vivir con ella, pero él no sabía qué hacer. Claro que le hubiera gustado mucho quedarse, pero no sabía qué era lo correcto. Necesitaba aclarar sus ideas. Y, a pesar de haber pasado la mayor parte de su vida solo, decidió que lo mejor para despejar su cabeza sería hablar con alguien. Se dirigió a Michel Ángelo, entonces.

—    Buenos días.

Michel Ángelo levantó la vista y le sonrió con una gran sonrisa bonachona, adornada por un gran bigote.

—    Buongiorno, signore. Me temo que no escuché su nombre en nuestro último encuentro, así que me gustaría que me lo repitiera si es posible.

—    Soy Alejandro.

—    Ah, molto lieto.— le extendió la mano y Alejandro se la estrechó. Parecía un buen hombre.

—    Esto… ¿Qué dijo? Disculpe, es que no hablo italiano.

—    Significa “mucho gusto”.

—    Ah… Igualmente.

Alejandro echó un vistazo a su alrededor. Luego se dirigió algo nervioso al chef.

—    ¿Le molesta si me quedo aquí por un rato? Me gustaría conversar un poco con alguien.

—    Claro. ¿Quiere comer algo?

—    Me gustaría mucho.

Michel Ángelo le sirvió un plato de masas dulces y una jarra de jugo, y se sentó frente a él en la mesa que había allí.

—    ¿Hace mucho que trabaja aquí?

—    Casi dieciséis años. Los señores son muy buenas personas, como así también la señorita Luciana.

—    Sí, eso ya lo noté.— desvió la mirada.

—    ¿Ocurre algo?

—    No, es sólo…. Es sólo que me siento confundido. Ni siquiera tengo idea de por qué Luciana me trajo a su casa. Nunca me había pasado algo así.

—    La señorita Luciana es muy gentil. Seguramente sólo quiso ayudarlo.

—    Eso lo entiendo, pero…

—    ¿Acaso no se siente a gusto aquí en la Mansión?

Esa era una buena pregunta.

—    La verdad es que sí. Me gusta estar aquí, aunque no se bien por qué.

—    A mi parecer, si se siente usted a gusto aquí, no veo ningún motivo para que se marche.

—    ¿Eso cree?

—    No veo por qué no podría quedarse. Me parece que a la señorita le agradaría mucho que lo hiciera.

[Post-Scriptum I: La canción es Little by little, de Oasis. Ya venía tiempo que quería poner algo de rock, jeje. La letra, aquí.]

[Post-Scriptum II: Bueno, este capítulo es el más largo que me salió. Sin embargo, hay algunas partes que no me convencen del todo, especialmente el final, pero por más que lo intenté, no me salió algo mejor. Me pareció una de las cosas más pobres que haya escrito... Bueno, espero que el próximo capítulo me salga mejor.]

[Post-Scriptum III: A un mes exacto del terremoto que devastó Haití. A sus víctimas, In Memoriam.]

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5 comentarios

  1. ydukel dijo:

    HI!!!… me gusto el capi… si estuvo algo larguito pero interesante así que se pasó volando… No se porque me había imaginado que la ropa que le consiguió Lu a Aleh era de León XD… fue muy divertido ver que acerté…

    Como van las cosas parece que Aleh comienza a sentir algo por Lu… no se sabe que exactamente si es solo gratitud y cariño o algo mas…

    Felicitaciones Aleh… me encantaría escribir como tu lo haces T.T

    Esperare el próximo capi…

    • Aleh-kun dijo:

      Mmmm… No sé bien qué pasará entre ellos o si pasará algo. La culpable es Aura. A ella le gustó demasiado esa pareja…. u.u’
      ¿Y tú no escribes como yo? Ni que yo fuera David Eddings… Jajaja. =P
      Un abrazo.

      A ♥ K

  2. sófia dijo:

    http://laotracosa10.blogspot.com/ es de mi grupo de teatro

    • Aleh-kun dijo:

      De una, ya lo voy a revisar al blog. Pero es un quilombo para comentar en blogger… ¬¬
      Un abrazo.

      A ♥ K

  3. Ale dijo:

    Comentario de prueba.

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