005 – El cuento del padrino
LOS CUENTOS DEL INSTITUTO ARCÁNGEL:
Capítulo 005 – El cuento del padrino~
“Los italianos piensan que el mundo es tan duro que hace falta tener dos padres, por eso todos tienen un padrino“
- Tom Hagen (The godfather)
La familia Di Riglianni siempre había sido una familia muy respetada y temida en la Italia de la primera mitad del siglo veinte. No había en realidad una sola persona en todo el país que no conociera dicho apellido, ya fuera porque todos los miembros de la familia, aún los que no pertenecían a la rama principal, eran excesivamente adinerados y solían hacer ostentosas demostraciones de su riqueza, o porque el jefe de la familia, Don Vittorio Di Riglianni, era la persona más influyente tanto en la alta sociedad italiana como en los altos mandos de la Camorra, el equivalente napolitano a la Cosa Nostra siciliana.
La familia Di Riglianni vivía en una enorme mansión con amplios jardines en las afueras de la ciudad de Nápoles. Los miembros de la rama principal de la familia, es decir, Don Vittorio, su esposa, Doña Raffaella, y sus tres hijos, poseían no solo esa mansión, sino que también tenían otros bienes en Sicilia y Roma, mientras que la otra rama principal de la familia, liderada por el hermano menor de Don Vittorio, Don Jacopo, vivía en el norte de Italia. Los Di Riglianni encabezados por Don Jacopo vivían principalmente en Milán, pero también tenían posesiones en Génova, Venecia, Verona, Bergamo, Carrara, Firenze y Lucca. Claro que no eran grandes casas ni mansiones, sinó más bien puestos comerciales. Don Vittorio se dedicaba a la política, mientras que Don Jacopo prefería los negocios.
Corría el año 1922. Luego de la Primera Guerra Mundial, la situación en Italia cambió. Benito Mussolini llegaba al gobierno para dominar Italia, y si bien al principio el Duce se permitió una serie de acuerdos con las diferentes facciones de la mafia italiana para afianzar su dominio y control político, las horas de aquella alianza entre fascistas y mafiosos estaban contadas. Primero fue desmantelada la Camorra, y luego cayó la Cosa Nostra. O al menos eso era lo que afirmaba la propaganda fascista.
Don Vittorio Di Riglianni siguió controlando el bajo mundo de Nápoles, clandestinamente, por supuesto. Pero Benito Mussolini afianzaba su dominio en Italia, mientras que Adolf Hitler hacía lo mismo en Alemania. El inicio de la Segunda Guerra Mundial era inminente, y la situación europea era cada vez más peligrosa. Don Vittorio entonces comenzó a temer por su familia y su descendencia. De sus hijos, solo el mayor, Francesco, estaba casado, pero no le había dado hijos. Pero entonces se desató la guerra, y Francesco y su esposa murieron durante un bombardeo, al igual que la hermana de este, Paula. Los Di Riglianni eran cada vez menos numerosos, y la inestabilidad política de toda Europa durante aquella tumultuosa época había mermado el poder de la familia. Las cosas se estaban poniendo bastante feas.
Al gobierno no le convenía tener a personajes tan poderosos como Don Vittorio en la escena política interna cuando ya tenía suficientes problemas con los conflictos que, día a día, desencadenaban cruentas matanzas en todos los rincones del continente. Así fue como el gobierno italiano comenzó a perseguir a los diferentes capos mafiosos, acabando con familias enteras sólo porque el más insignificante de sus miembros había tenido trato con algún miembro de la Cosa Nostra. Don Jacopo fue asesinado, y aunque todos sus bienes pasaron a su hermano, Don Vittorio decidió entonces que ni su mansión en las afueras de la ciudad de Nápoles, ni ninguno de sus demás inmuebles eran ya lugares seguros, por lo que reunió a lo poco que quedaba de su diezmada familia y se exilió con ella, trasladándose todos al otro lado del Atlántico. Pero Don Vittorio era hombre de tierra, no de mar, y si bien pudo lograr su objetivo de sacar a su familia de Italia, no logró pisar el territorio argentino. Don Vittorio murió presa de una gripe bastante fuerte que había pescado en alta mar.
A la muerte de su padre, fue Don Bruno quien asumió el mando de la familia. Don Bruno Di Riglianni era un hombre astuto. Apenas contaba con la edad de diecinueve años, pero aún así, apenas hubo llegado a la Argentina, comenzó a hacerse notar entre los círculos políticos más influyentes, logrando una cierta reputación como hombre de negocios y político sagaz. Don Bruno se encargaba de sus negocios y de cuidar a su viuda madre, quien ya comenzaba a estar algo entrada en años. Pero entonces conoció a Camila.
Camila Igárzabal era una joven aristócrata, un par de años menor que Don Bruno. Se conocieron durante una velada en el teatro, y al cabo de unos meses de flirteo, Don Bruno pidió a Roque Igárzabal, el padre de su amada, la mano de Camila. Roque dio enseguida su consentimiento, encantado de tener por yerno a una persona tan distinguida como Don Bruno Di Riglianni. La boda se realizó al año siguiente, pero aún así, Don Bruno siguió dedicándose a sus negocios, sin tener aspiraciones familiares. No es que se hubiera casado simplemente por conveniencia o para no llegar soltero a viejo, de hecho, amaba a su esposa, pero nunca se había planteado la posibilidad de tener un hijo. De modo que varios años luego de acabada la Segunda Gran Guerra, cuando la esposa de Don Bruno, doña Camila, quedó embarazada a la edad de treinta y cinco años, la alta sociedad no tuvo otra cosa de lo que hablar hasta el hartazgo. De ese embarazo nació, en enero de 1964, el joven Pietro Di Riglianni. Dos meses más tarde de haberse vestido de blanco para el bautismo de su hijo, Don Bruno tuvo que vestirse de negro para expresar su dolor por la muerte de su madre. Doña Raffaella falleció de un paro cardiorrespiratorio.
Ya de niño, Pietro Di Riglianni era un joven con una mente tan aguda como la de su padre. Si bien nunca llegó a ser abanderado en ninguno de los colegios en los que asistió, no fue porque no pudiera serlo, sino porque la escuela nunca le había llamado la atención en realidad. Pietro prefería utilizar su intelecto en asuntos mucho más importantes. Apenas terminó la secundaria, ingresó a la carrera de abogacía en la universidad. Allí conocería a Miguel, Federico, Darío y Luis, amigos con los que seguiría en contacto luego de dejar la Argentina y regresar a la patria de su sangre.
Apenas se hubo recibido de abogado, volvió a Italia con el propósito de seguir el antiguo negocio familiar. La familia Di Riglianni recuperó entonces el control de la mafia italiana, que por entonces había resurgido.
Eran tiempos prósperos para Don Pietro; los negocios iban bien y ningún hombre se atrevía a desafiar su autoridad. Hasta que Pietro conoció a Sofía Di Bacco, con quien se casó, y quien quedó embarazada al cabo de un año. Pietro vivía apaciblemente desde entonces, dedicándose cada vez menos a los negocios y más a la paternidad. Una paternidad doble, porque, mientras su esposa no había dado aún a luz, Luis Alderete, un antiguo compañero de estudios de la universidad y con quien Don Pietro había trabado una íntima amistad, se puso en contacto con él. Luis le contó que se había casado y que iba a ser padre de una niña, y le pidió que fuera el padrino de su hija. Apenas hubo nacido Marco, el hijo de Pietro, Pietro y Sofía Di Riglianni viajaron a la Argentina con su hijo para conocer a Luciana Alderete Hassan. De ahí en más, la familia Alderete Hassan y la familia Di Riglianni comenzaron a volverse cada vez más unidas.
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Alejandro bajó la vista, algo avergonzado por las últimas palabras de Michel Ángelo. Intentó pensar en algo apropiado para contestar, pero no se le ocurrió nada. Por alguna razón, lo que Michel Ángelo le había dicho había hecho que se planteara qué era lo que sentía por ella. Se percató de que Michel Ángelo lo miraba, como esperando una respuesta, pero entonces el timbre de la mansión se hizo escuchar, salvándolo de contestar. Michel Ángelo se dirigió al portero eléctrico que había en una de las paredes de la cocina, al lado del refrigerador.
— Mansión Alderete-Hassan. ¿Quién es?
— ¿Michel Ángelo? ¡Tanto tiempo, viejo amigo! Soy Pietro. ¿Podrías abrirme la puerta?— se oyó la voz algo distorsionada de un hombre, con el típico deje metálico de las voces que se oyen a través de los comunicadores.
— Oh, por supuesto.— dijo el chef con una gran sonrisa, presionando un botón para que se abrieran las puertas de entrada al jardín de la mansión.
— ¿Es amigo suyo?— le preguntó Alejandro, deseando con todo su ser que
— Oh, sí. Fue él quien hizo que yo comenzara a trabajar aquí.—cambió su expresión a una mucho más seria.— Deberías comportarte bien con él. Es el mejor amigo del señor Luis y además el padrino de la señorita Luciana.— añadió, dirigiéndose a las puertas de entrada de la mansión.
— Genial.— dijo Alejandro con un deje sarcástico, cuando Michel Ángelo ya no pudo oírlo.
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Don Pietro Di Riglianni aguardaba que las puertas de la Mansión se abrieran mientras miraba el cielo con algo de nostalgia. No era que no le gustara estar en Italia, de hecho amaba su tierra, pero había pasado su infancia entera en Tucumán, y volver a la Argentina luego de tantos años había sido un mar de recuerdos y emociones para él.
Las puertas se abrieron en silencio, permitiéndole el paso. Mientras avanzaba con paso firme por el sendero de piedra. La lluvia había dejado de caer, y si bien el cielo estaba aún cubierto de nubes, el césped verde estaba ya completamente seco. Una vez llegó a las puertas principales de la casa, le agradó ver a su viejo amigo, Michel Ángelo Giacomazzi, que lo recibía.
Michel Ángelo y Pietro eran viejos amigos. Se habían conocido hacía tiempo, cuando Pietro había regresado a Italia para reclamar su herencia y sus bienes. Luego se había casado con Sofía y ambos habían tenido un hijo, Marco, aproximadamente de la misma edad que su ahijada Luciana. Michel Ángelo era el hermano mayor de Emmilia, la mejor amiga de Sofía, y ambos solían visitar a los Di Riglianni muy frecuentemente. Cuando Pietro hubo regresado a Nápoles, hacía dos años que Michel Ángelo se había recibido de chef. Hasta que Marco nació, Michel Ángelo había trabajado en la Mansión de los Di Riglianni. Pero cuando Pietro se enteró de que Luis Alderete, su mejor amigo y antiguo compañero de estudios estaba esperando una hija, le recomendó a Luis que contratara a Michel Ángelo.
— Tu hija necesita comida saludable.— le había dicho Pietro a Luis.— Quiero asegurarme de que mi ahijada crezca sana y fuerte. Además, tú y tu esposa estás viajando todo el tiempo y quien mejor que un enviado de su padrino para cuidar de mi ahijada.
Dicho y hecho, Michel Ángelo entró pronto a trabajar en la Mansión. Y como Pietro había predicho, Luis no tardó en darse cuenta de que Michel Ángelo sobreprotegía a Luciana aún más de lo que él lo hacía.
Michel Ángelo había cambiado poco desde la última vez que Pietro lo había visto. Se le veían algunas canas en las sienes y su bigote estaba un poco más grande. Pero fuera de eso, seguía casi igual. La enorme barriga, el rostro bonachón y el acento perpetuamente italiano de Michel Ángelo parecían no cambiar nunca. Los brazos del chef se abrieron para atrapar a Pietro en un inmenso abrazo de oso.
— ¡Tanto tiempo sin verte, viejo amigo!— exclamó Pietro, abrazando a Michel Ángelo.
— Te he echado de menos.— le dijo el chef con una sonrisa.
— También yo, amigo.— dijo zafándose por fin del agarre del enorme cocinero.
— ¿Cómo está el pequeño Marco? Hace tiempo que no lo veo.
— Ya no es tan pequeño. Tiene casi mi altura y las chicas no dejan de perseguirlo. Está hecho todo un hombrecito.— dijo Pietro con una inconfundible nota de orgullo en su voz.— ¿Cómo están las cosas por aquí?
— Todo está bien. Luis y Graciela no están en casa, y Luciana se ha ido a algún sitio en el centro, pero de seguro volverá pronto. Sin embargo, hay algo que creo que te interesará saber.
— Ah, ¿sí?— dijo Don Pietro con un brillo de curiosidad en los ojos.— ¿De qué se trata?
— Bueno… Hay un joven viviendo aquí. Se llama Alejandro. Luciana lo trajo ayer, creo que él la salvo de un ladrón o algo así. El asunto es que el joven en cuestión es un callejero. Hace rato estuve hablando con él, parece un buen chico, sensato y honesto. Pero León no ha parado de decir que hay que vigilarlo. Admito que al principio a mí tampoco me inspiró mucha confianza que digamos, pero León está siendo exagerado. Sospecho que está celoso.
— ¿Eso crees? ¿Han mantenido alguna conversación? Me refiero a León y al tal Alejandro, claro.
— Sí. Bueno, más bien fue León quien lo provocó. Lo acusó de ladrón e intentó correrlo de la mansión. Alejandro le contestó que no tenía ningún problema en irse, pero que antes León debía pedirle disculpas por llamarlo ladrón.
— Me parece justo.
— Por lo visto a León no le pareció justo, ya que siguió amenazándolo y llegó a intentar golpearlo. Tu ahijada fue quien lo evitó y le dijo a León que podía tomarse el día libre, pero yo creo que eso no servirá de nada.
— No. Es más, lo más probable es que León le tenga más rabia ahora que antes. Hablaré con él.— prometió.
— Pero intenta no ser demasiado duro con él. Sabes que es un buen chico, solo es algo impetuoso.
— Sí, es un buen chico, pero tu “algo” se queda corto. A propósito, ¿sabe Luis que Alejandro está aquí?
— No. Me parece que Luis volverá recién el jueves, por lo que aún faltan cuatro días para que se entere. No creo que esto sea algo de lo que Luciana quiera hablar por teléfono.
— Quizás yo tenga que adelantárselo. No me gusta la idea de que Luis no sepa de esto.
— Como quieras, pero la verdad no sé si Luciana habló o no con Luis sobre Alejandro. Como sabes, tu ahijada es bastante impredecible.
— En eso tienes razón.— sonrió— Creo que lo heredó de mí.— añadió orgulloso.
— Supongo que tienes razón. Pero lo que me sorprende es que Marco no te haya comentado nada.
— ¿Qué quieres decir con eso?
— Bueno, sé que Luciana le ha contado a Marco sobre Alejandro. Después de todo, son primos y bastante unidos a pesar de la distancia.
— No me dijo nada. Creo que cambiaré unas palabras con él al respecto.
— Tal vez, pero por ahora no puedes hacer nada. Marco está lejos, pero de seguro Luciana fue quien le pidió que no te dijera nada.
— Tal vez.— miró a Michel Ángelo a los ojos con una expresión seria en el rostro.— Bien, me parece que ya va siendo hora de que conozca a ese tal Alejandro, ¿no crees?
— Sí, claro. Pasa. ¿Te sirvo algo para beber?
— No, acabo de almorzar, pero te lo agradezco de todos modos.
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En cuanto Michel Ángelo fue a recibir al padrino de Luciana, lo primero en lo que Alejandro pensó fue en subir las escaleras y encerrarse en su habitación hasta que Luciana volviera del centro. Luego se percató de que había pensado en “su habitación”. ¿Significaba eso lo que Michel Ángelo le había dicho ya? ¿Quería de verdad quedarse en la Mansión? Entonces oyó cómo dos personas ingresaban al salón principal de la casa. Supuso que serían Michel Ángelo y Pietro, así que salió a su encuentro.
Don Pietro Di Riglianni, tal como Alejandro lo vió por primera vez, era un hombre de unos cuarenta y cinco años aproximadamente. De cabello castaño y ojos verdes, vestía informalmente, unos jeans, camisa beige y saco marrón. Sus facciones eran muy agradables y sus ojos parecían ver a través de las cosas. Cuando Don Pietro lo miró, Alejandro se sintió como si le estuvieran haciendo un examen con rayos X, pero no se inmutó y le sostuvo la mirada.
— Buongiorno, signore Pietro.— dijo en el italiano más correcto que pudo, imitando a la perfección el acento de Michel Ángelo. Imitar las voces y los acentos era un truco que había aprendido en la calle. Siempre se le había dado bien y le había servido en unas cuantas ocasiones.
— Gusto en conocerte, Alejandro.— le dijo Pietro mirándolo a los ojos.
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Monseñor Valdemar Firenzi, obispo de Nápoles, se dirigía presuroso hacia la sacristía de la catedral. La catedral estaba completamente vacía. Si bien eran pasadas las nueve de la mañana, la misa había finalizado ya. Pero eso no era lo que monseñor tenía en la mente en esos momentos. Cuando Su Ilustrísima entró a la sacristía, lo primero que hizo fue tomar el teléfono y marcar un número. El celular de un viejo amigo.
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Don Pietro Di Riglianni dormía plácidamente en la cama de la habitación del hotel en el que se estaba hospedando. Dos minutos después se sentó en la cama. Miró su reloj de pulsera al que había dejado sobre la mesa de luz. Las tres y diecisiete de la mañana.
“¿A quién se le ocurre llamar a estas horas?” pensó.
Se había despertado de súbito por el sonido del celular. Al principio pensó en que siguiera sonando. De seguro debía de ser algún cliente impertinente. Estaba convencido de que el teléfono se callaría a los tres o cuatro timbres. Se equivocó.
El teléfono seguía sonando. Catorce veces y contando.
“Al diablo con esto” se dijo fastidiado. “Si no atiendo ahora, sea quien sea, de seguro no me dejará dormir tranquilo en toda la noche.”
Cuando tomó el celular del bolsillo de su saco, observó que el teléfono desde el que lo estaban llamando no era otro que el de la catedral de Nápoles. Atendió.
— ¿Valdemar? ¿Eres tú?
— Pietro, disculpa que te moleste a estas altas horas de la noche allí donde estás, pero tienes que volver a Italia de inmediato.
— ¿Qué demonios sucede ahora?— no es que quisiera tomárselo contra Valdemar, después de todo eran buenos amigos, pero odiaba que lo despertaran en mitad de la noche.
— Pietro… De verdad lamento muchísimo tener que ser yo quien te dé esta noticia, pero…
— Habla de una vez, no me gusta que te andes con rodeos.
— Bien, verás…
— ¿Sí?
— Tu hijo no está. Marco ha desaparecido.
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[Post-Scriptum I: La banda sonora del capítulo, por así decirlo, es el tema principal de la película The Godfather (El padrino), de Francis Ford Coppola, de 1972.]
[Post-Scriptum II: Lamento el retraso, es que no pude escribir mucho durante el fin de semana porque me dieron bastante tarea. Y eso que recién es la primera semana de clases. No quiero saber cómo serán los exámenes de fin de año entonces.]
[Post-Scriptum III: Hace 48 años, el15 de marzo de 1962, el historietista y humorista gráfico argentino Quino ideó y dibujó por pimera vez a Mafalda como parte de una campaña para las lavadoras Mansfield, que nunca se realizó. Sólo quería mencionarlo, ya que Mafalda es una de las cosas con las que crecí, y me parece que Mafalda, a pesar de su corta edad, tiene una agudísima visión de la realidad que muchos deberíamos tener. Así pues, dedicado a Quino.]

ydukel dijo:
15 marzo 2010 a 1:46 AM
=O Marco perdido!!! Será que ahora si nos contarás que estaba haciendo Marco tan “solito” por alli? Te disculpamos la tardanza (que no fue mucha ¬¬) Es mejor la Calidad a la Puntualidad…
Sigue escribiendo… se te quiere… un abrazo tipo Miguel Ángelo =D
Aleh-kun dijo:
15 marzo 2010 a 1:57 AM
Sí, lo contaré. Es algo que estoy escribiendo ahora mismo.
Nos vemos. =)
A ♥ K
ydukel dijo:
18 marzo 2010 a 12:20 AM
Si!!! por fin sabremos que estaba haciendo el joven Marco… tan “solito” jeje =P espero con ansias el capi del viernes… saludos!!!
sófia dijo:
3 abril 2010 a 9:51 PM
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